El que quiere, puede!!

El que quiere, puede!!

HOLA A LAS VISITAS!!!! (LEER ANTES DE NAVEGAR)

Explico para las visitas de qué se trata todo.
Siempre me gustó guardar, registrar, conservar. Así me veo hoy con una gran cantidad de material único y preciado. El blog me permite, por un lado guardarlo en lugar seguro y por otro compartirlo con otras personas.Lo reformo y completo constantemente, agrego secciones y me divierto mucho.
Les recomiendo visitar los enlaces de Mis Favoritos. Algunos son de mi creación también, como Películas, Glosario, Biblioteca, Libros que deseo.
Bienvenidos a mi lugar, vuelvan pronto.



29/3/09

Sultana de Jean P. Sasson


"Los saudí somos demasiado ricos para cambiar. El resultado de tener cubiertas las necesidades elementales es que nuestro país carece de esa chispa de vida que generan los deseos materiales." (pág. 78)


"La paciencia es la llave de todas las soluciones" (Pág. 149)


"...pues los energúmenos tienden a ser menos violentos con quienes se plantan". (Pág. 160)


"Me decía a mí misma que en el pasado muchas veces un solo hombre ha hecho cambios que han influido en millones." (Pág. 167)

Sultana de Jean P. Sasson


Muy, muy interesante. Sultana es una mujer de la realeza árabe saudí.
Feminista y explosiva, cuenta en primera persona la realidad de la vida de las mujeres en su país, donde los hombres son totalmente posesivos y donde la mujer es usada, no valorada como persona.
Al final del libro se anexan varios capítulos pequeños pero muy instructivos:
*El Corán y la mujer.
*La Legislación de Arabia Saudí.
*Glosario.
*Cronología de los hechos históricos narrados en el libro.
Un libro informativo y que lleva a la reflexión. Recomendado.

27/3/09

Conflicto explosivo de Sarah Dunant


"¿Por qué aquello que una está dispuesta a ofrecer jamás se corresponde con lo que los demás desean recibir?" (pág. 164)



"Benditos sean los débiles porque ellos logran que los fuertes se sientan aún más justos." (pág. 166)



Conflicto explosivo de Sarah Dunant


Novela policial aceptable aunque un poco larga. Contada en primera persona por la detective, una chica inteligente con un gran sentido del humor. Bastante original la trama, final predecible, y… no sé si volveré a comer carne de cerdo….

26/3/09

Todos los fuegos el fuego de Julio Cortazar


No es fácil leer a Cortazar y seguirlo en sus relatos. Este libro consta de varios cuentos:

*La carretera del sur me gustó, el embotellamiento es tan real que se lo siente.

*La salud de los enfermos me aburrió.

*Los demás no pude leerlos, no me atraparon.

22/3/09

Claudio

Libro: La borra del café
Autor: Mario Benedetti


"Desde mi mirador en una esquina cualquiera fui aprendiendo detalles y matices de la conducta humana, y tal visión panorámica llegó a convertirse, para mi inexperiente naturaleza, en un ejercicio apasionante."


Claudio Alberto Dionisio Fermín Nepomuceno Umberto (sin hache), observador inocente y profundo.
Inolvidable uruguayo.

La borra del café de Mario Benedetti

"Le pregunté si era católica. *Por supuesto, católica por la libre, digamos free lance. Me entiendo directamente con Dios sin necesidad de los curas intermediarios, que te cobran su comisión en limosnas y avemarías*"


""Es cierto: la muerte está dentro de la vida. Pero la podemos mandar de vacaciones ¿no?. Trabaja tanto, que bien se las merece. Y no la echemos de menos, de todos modos volverá, y cuando vuelva nos tocará en el hombro."

La borra del café de Mario Benedetti

Escrito en primera persona por Claudio Alberto Dionisio Fermín Nepomuceno Umberto (sin hache), Claudio para quienes lo descubrimos en la novela.
Con maestría va contando su vida desde la niñez hasta los veintitantos.
Anécdotas hermosas: La higuera, Rita, las 03:10 horas, la bomba de Naghasaki, Montevideo, sus pinturas de relojes eróticos, el barrio Capurro, sus amores, Juliska, la cocinera croata.
Va descubriendo el mundo , conociendo a las personas y a sí mismo, madurando.
Muy recomendada.

Corazón tan blanco de Javier Marías

Impacta en primer lugar el uso del idioma que hace el autor. Es magnífico. Oraciones muy extensas, perfectas, describiendo o narrando situaciones.
La trama no es atractiva, pero se lo lee con gusto. Va llevando al lector sin prisa y sin pausa por recuerdos, vivencias, miedos, secretos (no los cuenten nuncaaaa!).
Si gustan de la acción, abstenerse. Si gustan de adentrarse en los caminos internos y misteriosos del ser humano, recomendado.

21/3/09

Poema del Dr. Christian Barnard


El éxito comienza con el pensamiento

Si piensas que estás vencido, lo estás.
Si piensas que no te atreves, no lo harás.
Si piensas que te gustaría ganar pero no puedes, no lo lograrás.
Si piensas que perderás, ya has perdido.
Porque en el mundo encontrarás
que el éxito comienza con el pensamiento del hombre.
Todo está en el estado mental.
Porque muchas carreras se han perdido
antes de haberse corrido,
y muchos cobardes han fracasado
antes de haber su trabajo empezado.
Piensa en grande y tus hechos crecerán.
Piensa en pequeño y quedarás atrás.
Piensa que puedes y podrás.
Todo está en el estado mental.
Si piensas que estás aventajado, lo estás.
Tienes que pensar bien para elevarte.
Tienes que estar seguro de ti mismo
antes de intentar ganar un premio.
La batalla de la vida no siempre la gana
el hombre más fuerte, o el más ligero,
porque, tarde o temprano, el hombre que gana
es el que cree poder hacerlo.

17/3/09

Autores varios

“Pensar es el trabajo más difícil que existe. Quizá esa sea la razón por la que haya tan pocas personas que lo practiquen”
Henry Ford, Industrial estadounidense

Cuando soy buena, soy buena; cuando soy mala, soy mucho mejor.

Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería - Otto Von Bismark


El mentiroso siempre es pródigo en juramentos - Pierre Corneille 

La sabiduría y la razón hablan; la ignorancia y el error ladran
Arturo Graf

¿Queréis conocer a un hombre? Investidle de un gran poder
Pitaco

Bienaventurados los que no tienen nada que decir, y que resisten la tentación de decirlo
James R. Lowell

Jamás se descubre mejor a un hombre que sabe poco que cuando habla mucho
Jean Marie Odin

No hay espectáculo más terrible que la ignorancia en acción
Johann W. Goethe


Extraído del blog de Alberto Vázquez Figueroa


El mejor politico es aquel que permite que tanto sus amigos como sus enemigos roben y se corrompan.Es la mejor forma de poder pedir luego justicia sabiendo que nadie querrá que se haga justicia.

"La realidad es un asco, la odio, la odio; pero ¿en qué otro sitio se puede encontrar un buen bistec para la cena?"
Woody Allen, cineasta estadounidense
Quien lee sabe mucho; pero quien observa sabe todavía más.
Alejandro Dumas (1824-1895) Novelista y dramaturgo francés.
Nadie nos montará encima si no doblamos la espalda.
Martin Luther King
(1929-1968) Líder pacifista estadounidense

Podemos detenernos ascendiendo, muy difícilmente descendiendo.
Napoleón Bonaparte Bonaparte
(1769-1821) Emperador francés.

Si los pobres empiezan a razonar todo está perdido.
Voltaire
(1694-1778) Filósofo y escritor francés.

El mejor y más grande rey es aquel que hace la tierra más fértil.
Zoroastro(Siglo VI a.C.) Persa.
La ignorancia de muchos le da poder a pocos.
Hiram MaldonadoCuanto más siniestros son los deseos de un político, más pomposa, en general, se vuelve la nobleza de su lenguaje.
Aldous Huxley(1894-1963) Escritor británico.
Donde hay poca justicia es un peligro tener razón.
Francisco de Quevedo(1580-1645) Escritor español.
Podrán cambiar tus palabras, pero nunca tus silencios.
Charly García
Cantautor argentino

Quienes buscan la verdad merecen el castigo de encontrarla.
Santiago Rousiñol
Las ideas no duran mucho. Hay que hacer algo con ellas.
Santiago Ramón y Cajal
(1852-1934) Médico español.

Es más fácil juzgar el talento de un hombre por sus preguntas que por sus respuestas.
Duque de Levis
La ventaja de ser inteligente es que así resulta más fácil pasar por tonto.
Kurt Tucholsky
(1890-1935) Escritor alemán.


Friedrich Nietzsche

Nada refleja tanto el carácter de un hombre como su comportamiento con los tontos.


La valía de un hombre se mide por la cuantía de soledad que le es posible soportar.

16/3/09

La mirada oscura de Joan Manuel Gisbert

Interesante libro de terror y suspenso para adolescentes, a partir de los 12 años. Es importante recalcar que es literatura juvenil, que no está escrito para mentes adultas. Quizás el suspenso no sea del todo sostenido, pero la intriga sí. Además es una narración corta, lo que la hace mejor para ese público.
Recomendado para regalar a sobrinos de más de doce añitos.

11/3/09

Para mamás y papás

No es mía la reflexión, pero la tomo y la comparto con todos los que conviven con niños y tienen la responsabilidad de ayudarlos a crecer.



"La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras"
Jean Jacques Rousseau, escritor y filósofo francés

8/3/09

Nullah


Película: Australia

Cremoso, mago y mágico. Se roba la película, inolvidable.

7/3/09

Prólogo de "La silla" de David Jasso

Se encontraba frente a la puerta cerrada. Era una barrera borrosa que no se atrevía a franquear. Se frotó los ojos llorosos y la visión se aclaró un poco, justo lo suficiente para que las vetas de la madera dibujaran un doloroso mapa de desesperación. La casa estaba vacía y su alma también. El cobarde de su marido se había ido a trabajar, sólo habían pasado dos días desde el funeral de su hijo y todavía disponía de al menos una jornada más de permiso, sin embargo esa misma mañana había huido a refugiarse en el trabajo. Que le necesitaban para un pedido urgente, había mentido. Cobarde. Y ella se había quedado sola en la casa, cercada por los recuerdos, rodeada del rastro de su hijo muerto.
Su mano se posó en el pomo, estaba frío, como el asidero del ataúd en el que le habían incinerado. Sus ojos enrojecidos parecían a punto de desbordarse. Aún no había entrado nadie en el cuarto del chico desde que fuera atropellado por el autobús en ese estúpido accidente. Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarse a la dura prueba de encarar la vida perdida, pero se le antojaba demasiado pronto, todo estaba tan reciente... era tan difícil de asimilar... que no le sorprendería encontrarle en la habitación estudiando para algún examen o escuchando uno de esos Cds de música ensordecedora. Giró la manija y el crujido del muelle interior sonó como un ocre lamento, apenas un gritito inesperado. Cuántas veces había oído ese leve ñiiic cuando su hijo se levantaba al baño en mitad de la noche.
Era un sonido familiar, tan cercano que casi parecía fuera de lugar en un momento como aquél. Como si ese pequeño chirrido no tuviera derecho a sonar en ausencia de su hijo.
Empujó despacio la puerta, como cuando entraba por la noche y no quería despertarle, y por primera vez se enfrentó a la habitación de su hijo muerto. Entró con un paso corto. La persiana estaba subida y el cuarto se encontraba perfectamente iluminado. No había nada siniestro ni oscuro, todo parecía normal, como solía dejarlo cuando se iba al instituto. Y eso era peor que encontrarse con una estancia abandonada y en sombras, así la vida parecía continuar entre esas cuatro paredes decoradas con posters de grupos de rap.
La encimera repleta de libros de clase y cuadernos, unos cuantos Cds grabables amontonados en precario equilibrio, el ordenador, el pequeño reproductor de MP3... el típico desorden por el que ella tantas veces le había llamado la atención. Ahora sus ojos se anegaron en recuerdos dolorosos como golpes.
Ya nunca podría pedirle que ordenara su habitación, que hiciera el favor, de una vez por todas, de poner un poco de orden si no quería quedarse en casa todo el fin de semana...
Se sintió desfallecer, las fuerzas huyeron de sus piernas y se sentó en la cama, sobre la cubierta arrugada. Posó su mano en el tejido y no pudo evitar recordar el último catarro de su hijo, cuando ella, sentada en ese mismo lugar, aguardaba esperanzada a que el termómetro indicara que la temperatura corporal había bajado hasta límites razonables. Casi podía verle tumbado entre las sábanas, con las mejillas enrojecidas por la fiebre y su característica sonrisa que siempre le acompañaba. La habitación pareció hacerse más pequeña, comprimirse hasta dejarla atrapada en una diminuta jaula de sentimientos que oprimía hasta su aliento. La riada arrastró todos los diques y destrozó todas las contenciones. Una especie de sordo estertor surgió de lo más profundo de su ser y un estremecedor gemido escapó de su garganta sin que ella siquiera se percatara. Se dejó caer hacia la almohada y apretó la ropa contra su cara como si eso pudiera amortiguar el dolor o frenar la imparable oleada de lágrimas. En la soledad de la casa, la madre desesperada lloraba, literalmente sin consuelo, por la pérdida de su único hijo.
Arrancó la cubierta y abrió la cama, con la violencia que proporciona el dolor, hasta llegar a las sábanas entre las que su hijo se acostaba, buscó el calor ya disuelto del cuerpo desaparecido, refrotó su rostro contra el algodón hasta humedecerlo con sus lágrimas, palpó el tejido buscando sin encontrar la silueta evanescente de su hijo, se apretó contra el colchón en una patética parodia de abrazo materno, intentando alcanzar el postrero vestigio de su hijo convertido en cenizas y recuerdos.
Le echaba en falta, no podía vivir sin él. Le necesitaba. Tenía que volver a abrazarle. Esa mañana el chico se había ido a clase como cada jornada.
Apenas un rápido beso de despedida, para no entretenerse demasiado y no llegar tarde al instituto, mientras ella recogía los tazones del desayuno. Y eso fue todo. No le dijo que le amaba, que era su niñito del alma a pesar de que ya fuera todo un adolescente de quince años, que no podría vivir sin él.
Así acabó todo, como si ese día marcado por el desastre fuera uno más sin importancia. Hasta que recibió la llamada del servicio de urgencias convocándola en el hospital... Y ya nunca más volvió a verle con vida.
Mordió con fuerza la almohada hasta que le dolieron las mandíbulas, pero el dolor no
supuso ningún alivio.
Y entonces se acordó de algo. Se le ocurrió cómo podría recuperar un poco de él. Dejó de estrujar las sábanas y con un rápido movimiento se sentó de nuevo, estiró el cuello como si hubiera oído a alguien llamándole y aceptó la idea. Su rostro era una máscara de sufrimiento y pesar. Los párpados estaban oscurecidos e hinchados, su boca se curvaba en un rictus innatural.
Casi sin movimientos de transición se arrodilló en el suelo y miró debajo de la cama. Aunque no llegó a verlo, sabía que ahí estaba lo que buscaba. Apartó la ropa que colgaba de la cama e introdujo uno de sus brazos en el hueco entre el parqué y el somier. No alcanzó a coger lo que necesitaba, se dejó caer casi de golpe y, tumbada de medio lado, se apretó contra la cama. Alargó aún más el brazo hasta que tocó su objetivo. Dio una serie de bruscos manotazos y un par de zapatillas de deporte terminaron por asomar entre la cubierta medio caída. Como si en ello le fuera la vida, la madre tomó el calzado.
Era el último rastro de su hijo. Se las llevó a la cara y sintió el inconfundible olor de los pies de él. Cuatro días después de su uso, tres después de su muerte, dos después de su incineración, todavía permanecía en el calzado.
Era un olor fuerte y desagradable, pero ella lo inspiró hasta que penetró en lo más profundo de su ser. Era el aroma de su hijo perdido. Fragante hasta casi marear. Era lo último que le quedaba de él, quería que formara parte de ella, que no se disipara, que el olor la poseyera e inundara, quería respirar hasta el último hálito de su hijo. Era como volver a tenerle cerca, como cuando él se tumbaba en el sofá y ella le decía que no se quitara las zapatillas que le apestaban los pies.
Sus lágrimas mojaron el tejido plástico y llegaron hasta la sudada plantilla.
Apretó aún más las zapatillas contra su cara, sacó su lengua y lamió el interior, saboreó los últimos restos accesibles de su hijo. Inhaló con inusitada potencia entre sollozo y sollozo. El aroma era maravilloso, el sabor exquisito, el recuerdo vívido. Era su hijo. Se esforzó por dejar de sollozar, no quería que escapara de sus pulmones ni el mínimo ápice de su hijo, tenía que formar ya siempre parte de ella. Tragó saliva intentando ingerir el más pequeño resto del interior del calzado.
Lo olió con fiereza, metió la mano en el interior de una zapatilla y sacó la plantilla, la estrujó contra sus labios y sintió a su hijo dentro de ella. Llegando hasta sus alvéolos pulmonares, repartiéndose por su sistema sanguíneo a todo el organismo, rodeándola con su hedor. De nuevo estaba allí, no le había perdido del todo. Podía percibirlo. Era su olor, el sabor de su
sudor y su piel. Durante unas décimas de segundo lo sintió junto a ella, era como si hubiera regresado de la muerte para brindarle un último abrazo, la despedida que no pudo ofrecerle pocos días antes. Volvieron a escapar más gemidos de la garganta de la mujer.
Allí estaba, en el suelo junto a la cama de su hijo muerto, olfateando con fruición un par de viejas zapatillas de deporte, lamiendo unas plantillas desgastadas y repletas de manchas de sudor, con una bolisa de polvo adhe rida a su cabello desordenado, traspasado cualquier límite que señalara la desesperación, adentrándose casi en los territorios de la locura. Buscando a su hijo, respirando su esencia, viviéndole.
Y lloró como nunca lo había hecho. Hasta que le dolió el pecho, hasta que no sintió su propio cuerpo. Lloró por su hijo y por ella, por la soledad y el dolor, por el vacío y la pena. Lloró como sólo puede hacerlo alguien que sabe que acaba de entrar en el infierno, alguien a quien se le ha roto el alma.
Como sólo puede llorar una madre que ha perdido un hijo. Lloró hasta no poder más. Y luego, siguió llorando.
Casi una hora después se encontraba exhausta, vacía, como si alguien le hubiera extirpado los sentimientos con un bisturí oxidado y sin filo. Dejó caer las zapatillas y las plantillas y se puso lentamente en pie, notaba la cara irritada y un sabor seco en su boca. Agotada, se acercó a la encimera sin saber por qué y miró por la ventana, durante unos instantes casi le pareció ver un
arbolito y un jardín, pero en cuanto fijó la vista descubrió las ventanas del otro lado del patio de luces. Bajó la vista hacia los objetos que había frente a ella, los rozó levemente con la yema de sus dedos, sin sentir nada especial, la gran ola de sentimientos que la había azotado, ya había pasado, dejando tan solo una playa embarrada. Los Cds se desparramaron cuando ella los tocó, produjeron un alegre cascabeleo sobre la formica. Cerró los ojos, todavía ardían.
Sus dedos siguieron palpando los objetos sin una razón aparente, sólo constataba que ésas eran las cosas de su hijo, que ahí había existido vida y esperanzas hasta hacía bien poco tiempo. Siguieron el trazado del alambre de espiral del bloc, rozaron el interruptor del flexo, acariciaron el ratón del ordenador... Y, de repente, de forma inesperada, con un extraño crujido de relé accionado y de electricidad estática, el monitor se encendió. La madre dio un respingo, el ordenador no estaba apagado, se encontraba sólo en espera. Al rozar el ratón, ella lo había activado sin querer. El sonido la había asustado y el imprevisto resplandor del monitor parecía fuera de lugar, sin poderlo evitar, asustada, dio un paso hacia atrás, casi parecía un fenómeno de ultratumba, como si su hijo volviera de repente del otro mundo para comunicarse con ella. La imagen se formó en la pantalla de diecisiete pulgadas y la madre miró anhelante. Era un documento de texto.
Lo leyó mientras sus ojos se desorbitaban y su expresión se demudaba.
Lo había escrito su hijo la noche antes de su muerte. No podía creer lo que leía. Sencillamente no podía creerlo. Si antes la pena había tomado posesión de ella, ahora eran la incredulidad y el asombro más absolutos quienes la dominaban. No podía ser verdad. Volvió a releerlo. Una y otra vez.
Agitó el ratón para ver si había algo más en la parte inferior del documento.
No tenía ni idea de cómo funcionaba ese maldito artilugio. Lo movió arriba y abajo con ira para ver si había algo más, pero sólo consiguió que el cursor bailara por la pantalla, desconocía la existencia de la barra deslizante. Clicó con fuerza al azar y sólo logró que algunas palabras se recuadraran en negro.
Al final se dio por vencida, sabía que no había ninguna otra explicación más.
Que ya había leído lo suficiente. Que eso era todo.
Pero... entonces... la muerte de su hijo no había sido un accidente...
Como una loca miró a su alrededor buscando el libro que su hijo nombraba.
Ese libro que le había asesinado. Que había causado su muerte.
En la pantalla del ordenador había una nota de suicidio. Su hijo anunciaba que al día siguiente se arrojaría bajo la rueda de un autobús. La lectura de un relato en el libro «Abismos» de Daniel Lonces le había convencido para hacerlo.
La madre buscó el libro fuera de sí, no le costó encontrarlo, de hecho, poco antes lo había acariciado, estaba junto a la cama, sin duda era lo último que su hijo había leído. En la portada una garra monstruosa surgía de las profundidades de la tierra. En la solapa, un individuo con pinta de estúpido sonreía displicente. El punto de lectura, un abono de transporte gastado, marcaba el inicio de un relato titulado «La rueda del autobús».
La madre se sentó en la cama y comenzó a leer.
Un rato después, cuando acabó el relato, comenzó a gritar.

Archivo del blog