El que quiere, puede!!

El que quiere, puede!!

HOLA A LAS VISITAS!!!! (LEER ANTES DE NAVEGAR)

Explico para las visitas de qué se trata todo.
Siempre me gustó guardar, registrar, conservar. Así me veo hoy con una gran cantidad de material único y preciado. El blog me permite, por un lado guardarlo en lugar seguro y por otro compartirlo con otras personas.Lo reformo y completo constantemente, agrego secciones y me divierto mucho.
Les recomiendo visitar los enlaces de Mis Favoritos. Algunos son de mi creación también, como Películas, Glosario, Biblioteca, Libros que deseo.
Bienvenidos a mi lugar, vuelvan pronto.



30/4/09

La habitación cerrada de Paul Auster

Inquietante, perturbador, desconcertante: son los adjetivos que me surgen al hacer mi relato del libro.

Excelente escritor. Logra atrapar al lector desde el comienzo.

Ya tengo los otros dos relatos que componen la trilogía de New York bajados de Internet: Ciudad de Cristal y Fantasmas.

Recomendado. 

29/4/09

Natalia insulta

Natalia, 3 años, harta de su hermano mayor que la molesta y molesta:


Jorge, no seas "espútido"!!

Fotógrafo o ...?

Jorge, 4 años, víspera de su cumpleaños: (no había cámaras en la flia)

-No te olvides de llamar al "fotorero".

26/4/09

La granja de John Grisham


Hermoso el formato del libro, grande, papel rústico, ilustración bellísima en la tapa.

La historia la cuenta un niño de siete añitos. Si bien es muy larga, es un placer seguir la mente infantil en su devenir por el mundo de la granja, rodeado de adultos con todas sus miserias. 

Es un libro para leer en la cama, antes de dormir, porque es plácido y tierno. 

25/4/09

El cartero siempre llama dos veces de James M. Cain


Buena aunque no muy original la historia. Está escrita en primera persona lo que lleva al lector a identificarse con el protagonista. Se lee de una, no da respiro. Descriptiva no en sentimientos ni en paisajes sino en acciones.

Termina mal, los pecados se pagan siempre…

24/4/09

La dama número trece de José Carlos Somoza

Perturbador, delirante, muy original. Algo extenso por demás, aún así se lee con aprensión, con temor a lo que sigue, es lo que lo hace atractivo. Final feliz aunque parezca increíble para el lector.  

23/4/09

La dama número trece de José Carlos Somoza

Existen momentos en que todo depende de una palabra pronunciada a tiempo.

 Es uno de los versos que Dante colocó a la entrada del Infierno. El verso completo es Lasciate ogne speranza voi ch'intrate: «Perded toda esperanza los que entráis».

  La vida podía saciarse de placer, pero siempre estaba hambrienta de dolor.

Mi padre solía decir que hay cosas que sólo les suceden a unos cuantos hombres pero atañen a todos los hombres, y todos los hombres deben reaccionar ante ellas

22/4/09

Los asesinos de Fredric Brown


Entretenida sin grandes emociones. Cómica por momentos. Un par de actores fracasados que se proponen asesinar cada uno al hombre que molestaba al otro, un original trato.

Final esperado, escena histérica final, con todos los personajes presentes, como en el teatro.

 Como detalle agrego que terminé algo mareada por la cantidad de tragos que se tomaron los personajes.  

21/4/09

Hija de la memoria de Kim Edwards

La historia es original, tristemente original y es muy bueno que así sea (que no haya dos historias de éstas).

 La decisión que toma David le cambia la vida para siempre: a él y a toda su familia.

Impacta la detallada descripción del tormento que sufre el protagonista. En esos párrafos el  escritor se muestra brillante. Se adentra en lo profundo del alma, allí donde muy pocos saben llegar con palabras.

 Recomendada para los afectos a las novelas intimistas. 

19/4/09

1280 almas de Jim Thompson

I

 

Bien, señor, el caso es que yo debería haberme encontrado a gusto, tan a gusto como un hombre puede encontrarse. Porque allí estaba, jefe de policía de Potts County y ganando al año casi dos mil dó­lares, sin mencionar los pellizcos que sacaba de paso. Por si fuera poco, tenía alojamiento gratis en el se­gundo piso del palacio de justicia, un sitio tan bonito como el que un hombre pueda desear; hasta tenía cuarto de baño, de manera que no me veía en la necesidad de bañarme en un barreño ni de ir a un lugar público, como hacían casi todos los del pueblo. En lo que a mí me concernía, creo que podía afir­marse que aquello era el reino de los cielos. Para mí lo era, y parecía que podía seguir siéndolo —mientras fuera comisario de Potts County—, con tal de que me preocupara sólo de mis propios asuntos y sólo detuviera a alguien cuando no tuviese más remedio, y de que el detenido fuera un don nadie.

Sin embargo estaba preocupado. Tenía tantos pro­blemas que la preocupación me ponía enfermo.

Me sentaba a la mesa para comer quizás media docena de chuletas de cerdo, unos cuantos huevos fritos y un plato de bollos calientes con menudillos y salsa, y el caso era que no podía comérmelo todo. No me lo terminaba. Empezaba a dar vueltas a las cosas que me preocupaban, y cuando me daba cuenta me había levantado sin rebañar el plato.

Con el sueño ocurría lo mismo. Podía decirse que no pegaba ojo. Me metía en la cama pensando que aquella noche tenía que dormir, pero qué va. Pasaban veinte o treinta minutos antes de poder dar una cabezada. Y luego, después de ocho o nueve horas apenas, me despertaba. Bien despierto. Y no podía volver a dormir, cascado y hecho cisco como estaba.

Bien, señor, el caso es que me encontraba des­pierto igual que la noche que he puesto como ejem­plo, removiéndome y dándole vueltas a la cabeza, hasta que ya no pude soportarlo más. Así que fui y me dije:

—Nick. Nick Corey, tus problemas van a acabar desquiciándote, así que lo mejor es que pienses algo y pronto. Lo mejor es que tomes una decisión. Nick Corey, porque si no lamentarás no haberlo hecho.

De modo que me puse a pensar y pensar, y luego pensé un poco más.

Y decidí que no sabía qué mierda hacer.

 


17/4/09

El jardín de las fieras de Jeffery Deaver


(Sólo un trocito)

PARTE UNO

EL SICARIO

Lunes, 13 de julio de 1936

En cuanto entró en el apartamento en penumbra supo que era hombre muerto.

Se secó las palmas sudadas y echó un vistazo en derredor; el piso estaba tan silencioso como un depósito de cadáveres, salvo por el amortiguado rumor del tráfico nocturno de Hell’s Kitchen y el tremolar de los sucios visillos cuando el ventilador giratorio dirigía su hálito caliente hacia la ventana.

Sin embargo, algo no marchaba bien.

Le invadió un mal presentimiento.

Supuestamente, Malone debía estar allí, borracho perdido, durmiendo la mona. Pero no estaba. No había botellas de aguardiente barato por ninguna parte; ni rastro de bourbon, lo único que bebía aquella rata, ni siquiera el olor. Y al parecer hacía ya algún tiempo que no iba por allí. En la mesa había un periódico de hacía dos días, junto a un cenicero frío y un vaso que tenía un halo azul de leche seca hasta la mitad.

Encendió la luz.

Bueno, había una puerta lateral, sí, tal como él había visto desde el pasillo el día anterior al estudiar el sitio.

Pero estaba clausurada. ¿Y la ventana que daba a la escalera de incendios? ¡Vaya!, bien cerrada con alambre de gallinero, cosa que no se veía desde el callejón. La otra ventana estaba abierta, sí, pero a doce metros de altura con respecto a los adoquines.

No había salida.

Y dónde estaba Malone, se preguntó Paul Schumann.

El tipo se había largado. O estaba en Jersey bebiendo cerveza. O era una estatua con base de

cemento debajo de algún muelle.

No importaba.

Cualquiera hubiese sido la suerte de aquel borrachín, Paul se dio cuenta de que había sido sólo un cebo. Y la información de que estaría esa noche allí, pura mentira.

En el pasillo, fuera, un roce de pies. Un tintineo metálico. Descabalado...

Paul dejó su pistola en la única mesa de la habitación y sacó el pañuelo para enjugarse la cara. El aire abrasador de esa mortífera ola de calor del Medio Oeste había llegado hasta Nueva York. Pero cuando se lleva un Colt del 45 de 1911 metido bajo el cinturón, a la espalda, no se puede andar sin americana; por eso Paul estaba condenado a usar traje. Llevaba la chaqueta de lino gris, de un solo botón. La camisa blanca de algodón estaba empapada.

Otra pisada fuera, en el pasillo, donde debían de estar preparándose para sorprenderlo. Un susurro, otro tintineo.

Paul pensó en mirar por la ventana, pero temía recibir un disparo en la cara. Quería que lo velaran a ataúd abierto y no sabía de ningún embalsamador capaz de reparar los daños causados por un disparo de bala o de perdigones.

¿Quién quería matarlo?

No podía ser Luciano, el hombre que lo había contratado para despachar a Malone. Tampoco MeyerLansky. Eran peligrosos, sí, pero no traidores. Paul siempre les había hecho trabajos de primera, sin dejar nunca la menor pista que pudiera vincularlos con el despachado. Además, si uno u otro querían deshacerse de Paul, no necesitaban encargarle un trabajo falso: lo harían desaparecer sin más.

¿Quién, pues, le había tendido esa trampa? Si era O’Banion, o Rothstein, el de Williamsburg, o Valenti, el de Bay Ridge; en pocos minutos sería fiambre.

Si era el pulcro Tom Dewey la muerte tardaría algo más: el tiempo que hicera falta para condenarlo y sentarlo en la silla eléctrica de Sing Sing.

Más voces en el pasillo. Más tintineos, metal contra metal. Pero visto desde un ángulo positivo, reflexionó con ironía, de momento se podía decir que todo iba como la seda: aún estaba vivo.Y muerto de sed.

Se acercó a la nevera y la abrió. Tres botellas de leche (dos cortadas), una caja de queso y una lata de melocotones en almíbar. Varias bebidas de cola. Buscó un abridor para destapar una de las botellas de refresco.

Desde algún lugar se oía una radio. Ponían tormy Weather.

Al sentarse nuevamente ante la mesa se vio en el espejo polvoriento de la pared, sobre un lavabo de esmalte desportillado. Sus ojos azul claro no revelaban el temor que cabía esperar, se dijo. Pero su expresiónera desconfiada. Era un hombre corpulento: pasaba del metro ochenta y pesaba más de noventa kilos. Había heredado el pelo de su madre, castaño rojizo; la tez clara, de los antepasados alemanes de su padre. La piel estaba un poco marcada, no por la viruela, sino por golpes con los nudillos recibidos a edad temprana y por los guantes de boxeo en tiempos más recientes.

También por el cemento y la lona.

Bebió un poco de refresco. Era más sabroso que la Coca-Cola. Le gustó.

15/4/09

No sé si casarme o comprarme un perro de Paula Pérez Alonso


Nadie es imprescindible, pocos son irreemplazables, muchos son intercambiables. (Pág. 14)

13/4/09

El resplandor de Stephen King


"La lágrimas que curan son también las lágrimas que queman y mortifican." (Pág. 650)

El resplandor de Stephen King


Brillante relato.Si bien la historia no es original pues leí una parecida llamada Holocausto, el autor logra ser único mediante una tensión que se mantiene a lo largo de todo el libro, que no es corto, sin dar respiro al lector.Para rescatar: una descripción sobre la agonía de un alcohólico sobrio por meses, que muere por beber un trago y hasta lo hace con la imaginación,  y el sentimiento de injusticia que siente al ver que su esposa lo considerará de por vida, un alcohólico.  

2/4/09

Vendaval de Alberto Vázquez Figueroa


Una de sus mejores obras. La guerra civil en la República Dominicana en el año 1965, post Trujillo.
Brillante, sin desperdicios. Un libro histórico, crudo, realista.
La personalidad de Darío Pocaterra es completamente única.

En este libro no se detiene en descripciones paisajísticas, todo está centrado en las acciones y sentimientos de los personajes.

1/4/09

El Papa y los preservativos en África

Voy a escribir lo que escuché de Claudio Fantini en su Página, sobre este tema.
Dijo que existen dos Éticas:
*La Ética de los principios, de lo que uno cree y
*La Etica de la responsabilidad, de lo que uno sabe que debe ser.

Al dar su opinión, el Papa Benedicto actuó basándose en la Etica de los principios.
Siendo líder inteligente y escuchado por millones, debió actuar según la Ética de la responsabilidad.
La Ciencia ha demostrado en forma contundente que el uso de preservativos evita el contagio del VIH.

Fantini culminó su explicación diciendo que, el actuar así, también es violencia.

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