Y se casaron. Ávidos de estar juntos. Ansiosos de estar solos. Ilusionados con tener una casa hermosa, brillante, tibia, propia, vivida.
Era como jugar a ala casita.
Ella se ponía hermosa, se sentía hermosa, era hermosa.
Él la disfrutaba. Egoísta. Egocéntrico. Trabajaba, iba y venía, grave, serio, satisfecho. El señor de ...ella. Señor de Amelia.
Cuando caminaban por la vereda, un halo de amor los aislaba del mundo y era fácil imaginar cuánto disfrutaban de la vida compartida. Junto al jardín de geranios y margaritas, el amor creció y creció. Comenzó a necesitar algo más. Quería ser vegetativo.
Y comenzaron a observar tiernamente a todos los niños.
Poco a poco, la casa comenzó a cambiar. se adivinaba tras los cristales impecables, una tibieza de nido.
Primero las cortinas. Después la calefacción. La luz. Los cuadros. El cuarto de baño.
Las alfombras aplacaron los sonidos.
Los libros aportaron conceptos.
Los amigos arrimaron consejos.
Los médicos prepararon los cuerpos. Dios purificó las almas.
Y se aprestaron a esperar al hijo.
Ella comenzó a quedarse en cama. Ansiosa. Trémula. Temerosa de moverse, mirándose por dentro para captar justamente, el momento mismo del milagro.
Don Matías seguía, en anto, deslizando sus setenta años por una orillita de vereda, para que ni su sombra molestara a los demás. Callado, serio, grave, sus ojos azules entristecidos por tantos años vividos, entre alegrías y tragedias, entre trabajos y trabajos. Siempre pobre, siempre callado, seco y desvalido, como una hoja de otoño.
Asi lo conoció Amelia. Golpeando puerta por puerta, ofreciendo sus servicios de mandadero, para ganarse unas moneditas parael pan. Ella también lo usó. Y le pagó sus servicios. Venía bien en esos momentos. Los momentos de la ansiosa espera del hijo.
Y él siguió golpeando puertas, "viejo de los mandados" con su voz áspera, como el prólogo de una angustia constante.
Y ella siguió entre sábanas blancas y camisones de seda, preparándose para el hijo.
Meses pasaron.
Años pasaron.
Veranos, otoños, primaveras e inviernos encorvaron aún más la espalda del viejo.
Amelia y Ramón lo hacían pasar. Le servían leche.
Por un rato, la casa nostalgiosa de berridos, pañales y juguetes, no se veía tan sola. Y ellos 0lvidaban la ansiedad.
Porque el hijo no vino. Entonces tuvieron una idea.
Y adoptaron al viejo.
Lo ubicaron en el cuarto claro, con cortinas infantiles y lámpara de cuadrillé. Él se dejó llevar.
Las fuerzas lo abandonaban. La vida se borroneaba ante sus ojos acecinados.
Y ellosv ... estaban tan tristes!
Los dejó hacer. E hicieron.
Como una ppelícula al revés, aquel viejo comenzó a ser el centro de sus vidas.
Primero fue el asadito, las frutas, la torta de cumpleaños, el paseo por las tardes. No hablaban los padres, como todos los padres que enseñan: preguntaban y callaban.
Él desgranaba su vida, de comienzo extranjero, tan intensa, tan asombrosa, tan larga, tan enriquecedora. Lo hacía hoscamente, sin sonrisas, sin demostrar emociones, como era él, parco, duro, antipático...
Luego sólo fue caldo y papilla.
Con el caminador también se podía dar vuelta a la manzana. Y después en la silla de ruedas.
Al revés de los ojitos infantiles que descubren el mundo, los del abuelo se fueron apagando, poco a poco, pero no importaba.
Quedaban las voces.
Las tiernas voces de quienes le brindaron amparo, tibieza, alegrías, amor.
Las voces que callaron para dejarle hablar. Las mismas voces que lo despertaban de su letargo para darle el jarabe, la compota, la leche con miel.
Y siguieron junto a él. Mudándole las blancas camisetas. Limpiando su cuerpo enjuto y moribundo. Cambiándole pañales, afeitándolo, cargándolo en brazos, acariciándolo.
Y un día en que el sol filtraba sus rayos tiernos por la cortina de dibujos infantiles, en aquella habitación clara con lámpara de cuadrillé, preparada para un bebé que no llegó, el viejo tuvo que dejarlos. Serio y grave en su papel de hijo, abandonó su cabeza en brazos de Amelia, los miró por última vez, con agradecimiento infinito y se murió.
Sintió dejarlos.
Estaban tan tristes!Los tres fueron solidarios.
Ellos lo hicieron hijo. Dulce e indefenso hijo tan esperado.
y él ... los hizo padres.
Faltaron los Reyes. El jardín, la escuela, el sarampión, las paperas...
Pero se hizo el milagro.
El milagro de dar.
El amor más inmenso.
HOLA A LAS VISITAS!!!! (LEER ANTES DE NAVEGAR)
Explico para las visitas de qué se trata todo.
Siempre me gustó guardar, registrar, conservar. Así me veo hoy con una gran cantidad de material único y preciado. El blog me permite, por un lado guardarlo en lugar seguro y por otro compartirlo con otras personas.Lo reformo y completo constantemente, agrego secciones y me divierto mucho.
Siempre me gustó guardar, registrar, conservar. Así me veo hoy con una gran cantidad de material único y preciado. El blog me permite, por un lado guardarlo en lugar seguro y por otro compartirlo con otras personas.Lo reformo y completo constantemente, agrego secciones y me divierto mucho.
19/9/08
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