El que quiere, puede!!

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Explico para las visitas de qué se trata todo.
Siempre me gustó guardar, registrar, conservar. Así me veo hoy con una gran cantidad de material único y preciado. El blog me permite, por un lado guardarlo en lugar seguro y por otro compartirlo con otras personas.Lo reformo y completo constantemente, agrego secciones y me divierto mucho.
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Bienvenidos a mi lugar, vuelvan pronto.



15/11/08

Hermana luz, hermana sombra de Jane Yolen

EL MITO:
Entonces Gran Alta trenzó la parte izquierda de su cabello, el lado dorado, y lo dejó caer por el sumidero de la noche. Y de allí extrajo a la reina de las sombras y la depositó sobre la tierra. A continuación trenzó la parte derecha de su cabello, el lado oscuro, y con él atrapó a la reina de la luz. Y la depositó junto a la reina negra.
—Y vosotras dos seréis hermanas —dijo Gran Alta—. Seréis como la imagen de un espejo, una reflejando a la otra. Tal como os he confinado en mi cabello, así seréis.
Entonces unió sus trenzas vivientes enroscándolas entre sí, y ambas fueron como una.
LA LEYENDA:
Ocurrió en el pueblo de Slipskin, en un día de pleno invierno, que nació una criatura extraña y maravillosa. Mientras su madre, quien tampoco era más que una niña, se hallaba arrodillada sobre las pieles que cubrían el pequeño hueco cavado en la tierra, el cordón umbilical descendió entre sus piernas como un cordel. La niña emergió, los pies primero, bajando por el cordón. Cuando sus pequeños pies tocaron el suelo, se inclinó para cortar el cordón con los dientes, saludó a la atónita comadrona y se marchó por la puerta.
La comadrona se desplomó inconsciente, pero cuando recuperó el sentido y descubrió que la niña no estaba y que la madre había muerto desangrada, le contó a su hija mayor lo que había ocurrido. Al principio pensaron conservarlo en secreto, pero, de alguna manera, los milagros siempre se anuncian a sí mismos. La hija se lo contó a una hermana, quien se lo contó a una amiga, y de ese modo, la historia se supo.
En Slipskin... ahora llamado Nuevo Moulting... aún hoy se cuenta la historia de ese raro nacimiento. Dicen que la niña era la Criatura Blanca, Jenna, Hermana Luz de la Jinete de Sombra, la Anna.

EL RELATO:
Fue un nacimiento corriente hasta el final, y entonces la criatura se precipitó fuera del útero gritando, con el cordón envuelto alrededor de sus manitas. La comadrona del pueblo también gritó. A pesar de que había atendido muchos nacimientos, y algunos casi milagrosos, con bebés cubiertos de amnios o gemelos unidos por un mantelete de piel, nunca había oído nada como esto. Rápidamente hizo la señal de la Diosa con la mano derecha, uniendo el pulgar con el índice, y exclamó:
—Gran Alta, sálvanos.
Ante el nombre, la criatura guardó silencio.
La comadrona suspiró y recogió a la niña de las pieles que cubrían el hueco cavado en la tierra.
—Es una niña —dijo—, de la Diosa misma. Bendita sea. —Se volvió hacia la madre y sólo entonces comprendió que hablaba con un cadáver.
Bueno, qué otra cosa podía hacer entonces la comadrona, si no cortar el cordón y atender primero a quien vivía. Con la paciencia de la eternidad, la madre muerta aguardaría a su hombre para que la lavase y llevase luto por ella. Pero para que su fantasma no la persiguiese por el resto de sus días, la comadrona pronunció una rápida oración mientras brindaba los primeros cuidados a la recién nacida:

En el nombre de la cueva,
El oscuro sepulcro,
Y de todas quienes penden entre medio
Luminosas y ligeras,
Gran Alta,
Toma a esta mujer
Bajo tu mirada.
Envuélvela en tus cabellos
Y, allí cobijada,
Permite que vuelva a ser una criatura,
Para siempre.
—Y con eso debería quedar satisfecha —murmuró la comadrona, sabiendo que volver a ser una criatura, estar cobijada contra el pecho de la eterna Alta, era el propósito de toda la vida. Confiaba en que aquella rápida oración absolvería a la pobre mujer muerta, al menos hasta que pudiesen encenderse las velas, una por cada año de su vida y una más para la sombra de su alma, al pie de la cama. Mientras tanto estaba la criatura, afortunadamente una niña y afortunadamente con vida. En aquellos años tan difíciles no siempre era así. Pero el hombre tenía suerte. Sólo tendría que llorar por una.
Cuando hubo lavado la sangre del alumbramiento, la comadrona vio que la niña tenía la piel clara y que tanto sus brazos como su cabeza estaban cubiertos por un vello fino y blanco. Su cuerpo era inmaculado y sus ojos oscuros ya parecían capaces de ver, siguiendo el dedo de la comadrona de izquierda a derecha, de arriba abajo. Y como si eso no fuera milagro suficiente, la diminuta mano de la niña se aferró al dedo de la comadrona con tanta fuerza que ésta no pudo soltarse, ni siquiera cuando le preparó un biberón utilizando un lienzo retorcido y sumergido en leche de cabra. Incluso entonces permaneció aferrada, aunque chupó de la teta sustituía con suspiros largos y rítmicos.
Cuando el padre de la niña regresó de los campos y pudo ser apartado de su esposa muerta el tiempo suficiente como para tocar a la niña, ésta aún apretaba el dedo de la comadrona.
—Es una luchadora —dijo la mujer ofreciéndole a la niña.
Él no la cogió. La criatura blanca era un canje muy pobre por su robusta esposa de cabellos rojos. Tocó la cabeza de la niña con suavidad, donde podía percibirse el pulso bajo la delicada capa de piel, y dijo:
—Si la considera una luchadora, entréguela a las mujeres guerreras de las montañas para que se ocupen de su crianza. Yo no puedo tenerla conmigo mientras sufro por su madre. Ella es la única causa de mi dolor. No puedo amar cuando en mí hay tanto dolor.
Lo dijo con suavidad y sin ira aparente, ya que él era un hombre siempre manso y tranquilo, pero la comadrona pudo escuchar la dura roca detrás de su voz. Era la clase de roca contra la cual una niña se golpearía en vano una y otra vez. Entonces dijo lo que consideró correcto.
—Las tribus de las montañas la acogerán y la amarán como usted no puede hacerlo. Son conocidas por su carácter maternal. Y le juro que la conducirán a un destino más extraordinario que lo que ya ha vaticinado la fuerza de su pequeña mano y su prematura visión.
Si reparó en sus palabras, el hombre no respondió. Sus hombros ya cargaban con la pena que lo llevaría a su propia tumba y, aunque él no lo sabía, ello ocurriría bastante pronto ya que, como solía decirse en Slipskin, el corazón no es una rodilla que pueda ser doblada.
Por lo tanto la comadrona tomó a la niña y partió. Sólo se detuvo el tiempo suficiente para llamar a los enterradores del pueblo y a dos mujeres que lavaran y amortajaran el cadáver antes de que comenzase a sufrir el rigor de la muerte. Les habló del milagroso nacimiento de la niña con el asombro todavía dibujado en el rostro.
Como todos sabían que era una mujer obstinada y que su mente estaba dirigida en una sola dirección... como una aguja en el agua señalando el norte... ninguno de ellos contradijo su partida hacia los clanes de las montañas. No sabían que estaba más asustada de lo que ella misma reconocía, asustada tanto de la niña como del viaje. Una parte de ella esperaba que los aldeanos la detuvieran, pero la otra, la parte obstinada, hubiese ido de todos modos. Tal vez ellos lo adivinaron y decidieron ahorrar saliva para contar su historia después. Porque tal como se decía en Slipskin, contar una historia es mejor que vivirla.
Y así fue como la comadrona se volvió hacia las montañas donde nunca antes había estado, confiando en que las guardianas de Gran Alta la guiarían antes de que se hubiese alejado demasiado y apretando a la niña contra su pecho como un amuleto.
Afortunadamente, casi todos los caminos que conducían al pie de la montaña se hallaban despejados, ya que de otro modo la comadrona ni siquiera hubiese llegado hasta allí. Era una mujer de pueblo, y sus deberes la llevaban de casa en casa como a un barrendero. No sabía nada de los peligros del bosque ni de los grandes pumas color canela que vagaban por las laderas rocosas. Con la criatura fajada contra su pecho, había partido valientemente logrando llegar al pie de la montaña sin un arañazo ni un resbalón. A muchos fornidos cazadores no les había ido tan bien ese año. Y tal vez era cierto, como decían los aldeanos, que los peces no son la mejor autoridad en el agua.
En la primera noche, la partera se refugió entre las raíces retorcidas de un árbol marchito y alimentó a la niña con un lienzo sumergido en un tiesto de leche. Ella comió queso con pan negro y se mantuvo caliente con medio odre de vino dulce que había llevado consigo. Comió profusamente, ya que pensaba que sólo tendría que pasar una noche más a la intemperie antes de llegar al territorio de las tribus. Y estaba segura de que las mujeres de las montañas, a quienes hacía mucho tiempo deseaba visitar con una mezcla de envidia y miedo, le entregarían suficiente comida, bebida y oro cuando viesen lo que les llevaba. Era una mujer de pueblo en su forma de pensar... siempre una cosa a cambio de otra. No comprendía a las montañas ni a la gente que vivía allí; no sabía que le brindarían alimento independientemente de cualquier otra cosa que no fuese su necesidad, ni que tenían tan poca ocasión de emplear el oro que ni siquiera lo poseían.
El segundo día amaneció brillante y perlado. Las nubes sólo se alineaban en el horizonte. La comadrona decidió caminar junto a un arroyo de corriente rápida porque le pareció más sencillo que abrir un nuevo sendero. De haber notado las señales y haber sido capaz de leerlas, hubiese sabido que éste era el trayecto predilecto de los pumas, ya que las truchas abundaban en el arroyo y, especialmente por las tardes, emergían en busca de insectos. Pero ella era una mujer de pueblo con baja instrucción, por lo que sólo podía leer la letra impresa y nunca oyó al puma que la seguía ni notó sus punzantes advertencias sobre los árboles.
Durante esa segunda noche ocultó a la criatura en la horcadura alta de un árbol. Considerando que allí se encontraría segura, se alejó para bañarse en el arroyo. Como mujer de pueblo y comadrona, valoraba la limpieza por encima de todas las cosas.
Fue mientras se hallaba con la cabeza inclinada en el agua fría, murmurando en voz alta respecto a lo mucho que le demoraba el viaje, cuando el puma atacó. En forma rápida, silenciosa y certera. Ella jamás sintió otra cosa más que un momento de dolor. Pero ante su muerte, la niña emitió un gemido débil y agudo. Alarmado, el puma dejó caer su presa y miró a su alrededor con inquietud.
Una flecha le dio en un ojo, provocándole una muerte más dolorosa que la de la comadrona. El animal aulló y tembló durante varios minutos antes de que una de las cazadoras, compadecida, le cortara la garganta.
En el árbol la criatura volvió a gemir, y todo el bosque pareció paralizarse ante el sonido.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó la más robusta de las dos cazadoras, la que había cortado la garganta del puma.
Ambas se hallaban arrodilladas junto a la mujer muerta, buscándole en vano el pulso.
—¿Tal vez el puma tenía cachorros y están hambrientos?
—No seas tonta, Marjo; ¿a esta altura de la primavera?
La cazadora más delgada se encogió de hombros.
La niña, incómoda en su cuna improvisada, volvió a llorar.
Las cazadoras se pusieron de pie.
—Eso no es ningún cachorro de puma —dijo Marjo.
—Pero sí se trata de un cachorro —dijo su compañera.
Fueron hasta el árbol con el sentido de orientación que les brindaba su experiencia en los bosques, y allí encontraron a la niña.
—¡Por los Cabellos de Alta! —dijo la primera cazadora.
Bajó a la niña de la rama, la descubrió y observó su cuerpo suave y de piel blanca.
Marjo asintió con la cabeza.
—Una niña, Selna.
—Bendita seas —susurró Selna, pero no quedó claro si le hablaba a Marjo, a la comadrona muerta o a los oídos altos y distantes de Alta.
Enterraron a la mujer, y fue una tarea tan larga como ardua, ya que el suelo aún se hallaba parcialmente congelado. Entonces despellejaron al puma y envolvieron a la niña en su piel suave. Ésta se acomodó en su nueva envoltura y se durmió de inmediato.
—Estaba destinada a nosotras —dijo Selna—. Ni siquiera arruga la nariz con el olor del puma.
—Es demasiado pequeña para arrugar la nariz.
Selna ignoró la observación y observó a la niña.
—Entonces es cierto lo que dicen los aldeanos: Cuando cae un árbol seco, permite que nazca uno nuevo.
—Hablas con demasiada frecuencia por boca de otro —dijo Marjo—. Y por boca de aldeano, para colmo.
—Y tú hablas por la mía.
Después de eso guardaron silencio. Ninguna de las dos dijo una palabra mientras recorrían los senderos familiares hacia las montañas y hacia el hogar.
No esperaban ninguna gran recepción por su regreso y no obtuvieron ninguna, aunque su llegada había sido advertida por muchas observadoras ocultas. Mediante señales con las manos, indicaron sus nombres secretos en cada sitio designado, y las guardianas de cada uno de esos recodos volvieron a desaparecer sin un sonido, en el bosque o entre las rocas aparentemente impenetrables.
Los mensajes o las noticias que les llegaban mientras viajaban a través de la noche eran recibidos bajo la forma de gorjeos o aullidos de lobo, a pesar de que no había ni pájaros ni lobos. Éstos les indicaban que eran bien venidas y reconocidas, y un sonido en particular les ordenó que llevasen su envoltorio al Gran Vestíbulo de inmediato. Ellas comprendieron a pesar de que no fueron emitidas palabras, al menos no palabras humanas.
Pero antes de que llegaran al vestíbulo, la luna se ocultó tras las montañas occidentales y, después de despedirse de su. compañera, Marjo desapareció.
Acomodando a la niña en su abrigo de puma, Selna susurró: —Hasta la noche. —Pero lo dijo con tanta suavidad que la niña en sus brazos ni siquiera se movió.

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