El que quiere, puede!!

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Explico para las visitas de qué se trata todo.
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1/10/09

Satanás vende objetos usados de Paulo Coelho


Satanás Vende Objetos Usados

Como necesita adaptarse a los nuevos tiempos, Satanás decidió hacer una liquidación de gran parte de su stock de tentaciones. Puso anuncios en los diarios y atendió a los clientes, en su oficina, durante todo el día.

Era un stock fantástico: piedras para que los virtuosos tropezaran, espejos que aumentaban la importancia personal, anteojos que disminuían la importancia de los demás.

Colgados de la pared, algunos objetos llamaban mucho la atención: un puñal de hoja curva, para ser usado en la espalda de alguno, y grabadoras que sólo registraban chismes y mentiras.

-¡No se preocupen por el precio! -gritaba el viejo Satanás a los potenciales compradores. -¡Llévenlo hoy, paguen cuando puedan!

Uno de los visitantes notó, puestas en un costado, dos herramientas que parecían muy usadas y que casi no llamaban la atención. Sin embargo, eran carísimas. Curioso, quiso saber la razón de esa aparente discrepancia.

-Están gastadas porque son las que más uso -respondió Satanás, riendo. -Si llamaran mucho la atención, la gente sabría cómo protegerse de ellas.

"Sin embargo, ambas valen el precio que pido por ellas: una es
la Duda y la otra es el Complejo de Inferioridad. Todas las otras tentaciones siempre pueden fallar, pero estas dos siempre funcionan."

28/8/09

La venganza de Isabel Allende


El mediodía radiante en que coronaron a Dulce Rosa Orellano con los jazmines de la Reina del Carnaval, las madres de las otras candidatas murmuraron que se trataba de un premio injusto, que se lo daban a ella sólo porque era la hija del Senador Anselmo Orellano, el hombre más poderoso de toda la provincia. Admitían que la muchacha resultaba agraciada, tocaba el piano y bailaba como ninguna, pero había otras postulantes a ese galardón mucho más hermosas. La vieron de pie en el estrado, con su vestido de organza y su corona de flores saludando a la muchedumbre y entre dientes la maldijeron. Por eso, algunas de ellas se alegraron cuando meses más tarde el infortunio entró en la casa de los Orellano sembrando tanta fatalidad, que se necesitaron veinticinco años para cosecharla.

La noche de la elección de la reina hubo baile en la Alcaldía de Santa Teresa y acudieron jóvenes de remotos pueblos para conocer a Dulde Rosa. Ella estaba tan alegre y bailaba con tanta ligereza que muchos no percibieron que en realidad no era la más bella, y cuando regresaron a sus puntos de par tida dijeron que jamás habían visto un rostro como el suyo. Así adquirió inmerecida fama de hermosura y ningún testimonio posterior pudo desmentirla. La exagerada descripción de su piel traslúcída y sus ojos diáfanos, pasó de boca en boca y cada quien le agregó algo de su propia fantasía. Los poetas de ciudades apartadas compusieron sonetos para una doncella hipotética de nombre Dulce Rosa.

El rumor de esa belleza floreciendo en la casa del Senador Orellano llegó también a oídos de Tadeo Céspedes, quien nunca imaginó conocerla, porque en los años de su existencia no había tenido tiempo de aprender versos ni mirar mujeres. Él se ocupaba sólo de la Guerra Civil. Desde que empezó a afeitarse el bigote tenía un arma en la mano y desde hacía mucho vivía en el fragor de la pólvora. Había olvidado los besos de su madre y hasta los cantos de la misa. No siempre tuvo razones para ofrecer pelea, porque en algunos períodos de tregua no había adversarios al alcance de su pandilla, pero incluso en esos tiempos de paz forzosa vivió como un corsario. Era hombre habítuado a la violencia. Cruzaba el país en todas direcciones luchando contra enemigos visibles, cuando los había, y contra las sombras, cuando debía inventarlos, y así habría continuado sí su partido no gana las elecciones presidenciales. De la noche a la mañana pasó de la clandestinidad a hacerse cargo del poder y se le terminaron los pretextos para seguir alborotando.

La última misión de Tadeo Cérpedes fue la expedición punitiva a Santa Teresa. Con ciento veinte hombres entró al pueblo de noche para dar un escarmiento y eliminar a los cabecillas de la oposición. Balearon las ventanas de los edificios públicos, destrozaron la puerta de la iglesia y se metieron a caballo hasta el altar mayor, aplastando al Padre Clemente que se les plantó por delante, y siguieron al galope con un estrépito de guerra en dirección a la villa del Senador Orellano, que se alzaba plena de orgullo sobre la colina.

A la cabeza de una docena de sirvientes leales, el Senador esperó a Tadeo Céspedes, después de encerrar a su hija en la última habitación del patio y soltar a los perros. En ese momento lamentó, como tantas otras veces en su vida, no tener descendientes varones que lo ayudaran a empuñar las armas y defender el honor de su casa. Se sintió muy viejo, pero no tuvo tiempo de pensar en ello, porque vio en las laderas del cerro el destello terrible de ciento veinte antorchas que se aproximaban espantando a la noche. Repartió las últimas municiones en silencio. Todo estaba dicho y cada uno sabía que antes del amanecer debería morir como un macho en su puesto de pelea.

—El último tomará la llave del cuarto donde está mí hija y cumplirá con su deber —dijo el Senador al oír los primeros tiros.

Todos esos hombres habían visto nacer a Dulce Rosa y la tuvieron en sus rodillas cuando apenas caminaba, le contaron cuentos de aparecidos en las tardes de invierno, la oyeron tocar el piano y la aplaudieron emocionados el día de su coronación como Reina del Carnaval. Su padre podía morir tranquilo, pues la niña nunca caería viva en las manos de Tadeo Céspedes. Lo único que jamás pensó el Senador Orellano fue que a pesar de su temeridad en la batalla, el último en morir sería él. Vio caer uno a uno a sus amigos y comprendíóó> por fin la inutilidad de seguir resistiendo. Tenía una bala en el vientre y la vista difusa, apenas distinguía las sombras trepando por las altas murallas de su propiedad, pero no le falló el entendimiento para arrastrarse hasta el tercer patio. Los perros reconocieron su olor por encima del sudor, la sangre y la tristeza que lo cubrían y se apartaron para dejarlo pasar. Introdujo la llave en la cerradura, abrió la pesada puerta y a través de la niebla metida en sus ojos vio a Dulce Rosa aguardándolo. La niña llevaba el mismo vestido de organza usado en la fiesta de Carnaval y había adornado su peinado con las flores de la corona.

—Es la hora, hija —dijo gatillando el arma mientras a sus pies crecía un charco de sangre.

—No me mate, padre —replicó ella con voz firme—. Déjeme viva, para vengarlo y para vengarme.

El Senador Anselmo Orellano observó el rostro de quince años de su hija e imaginó lo que haría con ella Tadeo Céspedes, pero había gran fortaleza en los ojos transparentes de Dulce Rosa y supo que podría sobrevivir para castigar a su verdugo. La muchacha se sentó sobre la cama y él tomó lugar a su lado, apuntando la puerta.

Cuando se calló el bullicio de los perros moribundos, cedió la tranca, saltó el pestillo y los primeros hombres írrumpieron en la habitación, el Senador alcanzó a hacer seis disparos antes de perder el conocimiento. Tadeo Céspedes creyó estar soñando al ver un ángel coronado de jazmines que sostenía en los brazos a un viejo agonizante, mientras su blanco vestido se empapaba de rojo, pero no le alcanzó la piedad para una segunda mirada, porque venía borracho de violencia y enervado por varias horas de combate.

—La mujer es para mí —dijo antes de que sus hombres le pusieran las manos encima.

Amaneció un viernes plomizo, teñido por el resplandor del incendio. El silencio era denso en la colina. Los últimos gemidos se habían callado cuando Dulce Rosa pudo ponerse de pie y caminar hacia la fuente del jardín, que el día anterior estaba rodeada de magnolias y ahora era sólo un charco tumultuoso en medio de los escombros. Del vestido no quedaban sino jirones de organza, que ella se quitó lentamente para quedar desnuda. Se sumergió en el agua fría. El sol apareció entre los abedules y la muchacha pudo ver el agua volverse rosada al lavar la sangre que le brotaba entre las piernas y la de su padre, que se había secado en su cabello. Una vez limpia, serena y sin lágrimas, volvió a la casa en ruinas, buscó algo para cubrirse, tomó una sábana de bramante y salió al camino a recoger los restos del Senador. Lo habían atado de los pies para arrastrarlo al galope por las laderas de la colina hasta convertirlo en un guiñapo de lástima, pero guiada por el amor, su hija pudo reconocerlo sin vacilar. Lo envolvió en el paño y se sentó a su lado a ver crecer el día. Así la encontraron los vecinos de Santa Teresa cuando se atrevieron a subir a la villa de los Orellano. Ayudaron a Dulce Rosa a enterrar a sus muertos y a apagar los vestigios del incendio y le suplicaron que se fuera a vivir con su madrina a otro pueblo, donde nadie conociera su historia, pero ella se negó. Entonces formaron cuadrillas para reconstruir la casa y le regalaron seis perros bravos para cuidarla.

Desde el mismo instante en que se llevaron a su padre aún vivo, y Tadeo Céspedes cerró la puerta a su espalda y se soltó el cinturón de cuero, Dulce Rosa vivió para vengarse. En los años siguientes ese pensamiento la mantuvo despierta por las noches y ocupó sus días, pero no borró del todo su risa ni secó su buena voluntad. Aumentó su reputación de belleza, porque los cantores fueron por todas partes pregonando sus encantos imaginarios, hasta convertirla en una leyenda viviente. Ella se levantaba cada día a las cuatro de la madrugada para dirigir las faenas del campo y de la casa, recorrer su propiedad a lomo de bestía, comprar y vender con regateos de sirio, criar animales y cultivar las magnolias y los jazmines de su jardín. Al caer la tarde se quitaba los pantalones, las botas y las armas y se colocaba los vestidos primorosos, traídos de la capital en baúles aromáticos. Al anochecer comenzaban a llegar sus visitas y la encontraban tocando el piano, mientras las sirvientas preparaban las bandejas de pasteles y los vasos de horchata. Al principio muchos se preguntaron cómo era posible que la joven no hubiera acabado en una camisa de fuerza en el sanatorio o de novicia en las monjas carmelitas, sin embargo, como había fiestas frecuentes en la villa de los Orellano, con el tiempo la gente dejó de hablar de la tragedia y se borró el recuerdo del Senador asesinado. Algunos caballeros de renombre y fortuna lograron sobreponerse al estigma de la violación y, atraídos por el prestigio de belleza y sensatez de Dulce Rosa, le propusieron matrimonio. Ella los rechazó a todos, porque su misión en este mundo era la venganza.

Tadeo Céspedes tampoco pudo quitarse de la memoria esa noche aciaga. La resaca de la matanza y la euforia de la violación se le pasaron a las pocas horas, cuando iba camino a la capital a rendir cuentas de su expedición de castigo. Entonces acudió a su mente la niña vestida de baile y coronada de jazrnines, que lo soportó en silencio en aquella habitación oscura donde el aire estaba impregnado de olor a pólvora. Volvió a verla en el momento final, tirada en el suelo, mal cubierta por sus harapos enrojecidos, hundida en el sueño compasivo de la inconsciencia y así siguió viéndola cada noche en el instante de dormir, durante el resto de su vida. La paz, el ejercicio del gobierno y el uso del poder, lo convirtieron en un hombre reposado y laborioso. Con el transcurso del tiempo se perdieron los recuerdos de la Guerra Civil y la gente empezó a llamarlo don Tadeo. Se compró una hacienda al otro lado de la sierra, se dedicó a administrar justicia y acabó de alcalde. Si no hubiera sido por el fantasma incansable de Dulce Rosa Orellano, tal vez habría alcanzado cierta felicidad, pero en todas las mujeres que se cruzaron en su camino, en todas las que abrazó en busca de consuelo y en todos los amores perseguidos a lo largo de los años, se le aparecía el rostro de la Reina del Carnaval. Y para mayor desgracia suya, las canciones que a veces traían su nombre en versos de poetas populares no le permitían apartarla de su corazón. La imagen de la joven creció dentro de él, ocupándolo enteramente, hasta que un día no aguantó más. Estaba en la cabecera de una larga mesa de banquete celebrando sus cincuenta y siete años, rodeado de amigos y colaboradores, cuando creyó ver sobre el mantel a una criatura desnuda entre capullos de jazmines y comprendió que esa pesadilla no lo dejaría en paz ni después de muerto. Dio un golpe de puño que hizo temblar la vajilla y pidió su sombrero y su bastón.

—¿Adónde va, don Tadeo? —preguntó el Prefecto. —A reparar un daño antiguo —respondió saliendo sin despedirse de nadie.

No tuvo necesidad de buscarla, porque siempre supo que se encontraba en la misma casa de su desdicha y hacia allá dirigió su coche. Para entonces existían buenas carreteras y las distancias parecían más cortas. El paisaje había cambiado en esas décadas, pero al dar la última curva de la colina apareció la villa tal como la recordaba antes de que su pandilla la tomara por asalto. Allí estaban las sólidas paredes de piedra de río que él destruyera con cargas de dinamita, allí los viejos artesonados de madera oscura que prendieron en llamas, allí los árboles de los cuales colgó los cuerpos de los hombres del Senador, allí el patio donde masacró a los perros. Detuvo su vehículo a cien metros de la puerta y no se atrevió a seguir, porque sintió el corazón explotándole dentro del pecho. Iba a dar media vuelta para regresar por donde mismo había llegado, cuando surgió entre los rosales una figura envuelta en el halo de sus faldas. Cerró los párpados deseando con toda su fuerza que ella no lo reconociera. En la suave luz de la seis percibió a Dulce Rosa Orellano que avanzaba flotando por los senderos del jardín. Notó sus cabellos, su rostro claro, la armonía de sus gestos, el revuelo de su vestido y creyó encontrarse suspendido en un sueño que duraba ya veinticinco años.

—Por fin vienes, Tadeo Céspedes —dijo ella al divisarlo, sin dejarse engañar por su traje negro de alcalde ni su pelo gris de caballero, porque aún tenía las mismas manos de pirata.

—Me has perseguido sin tregua. No he podido amar a nadie en toda mi vida, sólo a ti —murmuró él con la voz rota por la vergüenza.

Dulce Rosa Orellano suspiró satisfecha. Lo había llamado con el pensamiento de día y de noche durante todo ese tiempo y por fin estaba allí. Había llegado su hora. Pero lo miró a los ojos y no descubrió en ellos ni rastro del verdugo, sólo lágrimas frescas. Buscó en su propio corazón el odio cultivado a lo largo de su vida y no fue capaz de encontrarlo. Evocó el instante en que le pidió a su padre el sacrificio de dejarla con vida para cumplir un deber, revivió el abrazo tantas veces maldito de ese hombre y la madrugada en la cual envolvió unos despojos tristes en una sábana de bramante. Repasó el plan perfecto de su venganza pero no sintió la alegría esperada, sino, por el contrario, una profunda melancolía. Tadeo Céspedes tornó su mano con delicadeza y besó la palma, mojándola con su llanto. Entonces ella comprendió aterrada que de tanto pensar en él a cada momento, saboreando el castigo por anticipado, se le dio vuelta el sentimiento y acabó por amarlo.

En los días siguientes ambos levantaron las compuertas del amor reprimido y por vez primera en sus ásperos destinos se abrieron para recibir la proximidad del otro. Paseaban por los jardines hablando de sí mismos, sin omitir la noche fatal que torció el rumbo de sus vidas. Al atardecer, ella tocaba el píano y él fumaba escuchándola hasta sentir los huesos blandos y la felicidad envolviéndolo como un manto y borrando las pesadillas del tiempo pasado. Después de cenar Tadeo Céspedes partía a Santa Teresa, donde ya nadie recordaba la vieja historia de horror. Se hospedaba en el mejor hotel y desde allí organizaba su boda, quería una fiesta con fanfarria, derroche y bullicio, en la cual participara todo el pueblo. Descubrió el amor a una edad en que otros hombres han perdido la ilusión y eso le devolvió la fortaleza de su juventud. Deseaba rodear a Dulce Rosa de afecto y belleza, darle todas las cosas que el dinero pudiera comprar, a ver si conseguía compensar en sus años de viejo, el mal que le hiciera de joven. En algunos momentos lo invadía el pánico. Espiaba el rostro de ella en busca de los signos del rencor, pero sólo veía la luz del amor compartido y eso le devolvía la confianza. Así pasó un mes de dicha.

Dos días antes del casamiento, cuando ya estaban armando los mesones de la fiesta en el jardín, matando las aves y los cerdos para la comilona y cortando las flores para decorar la casa, Dulce Rosa Orellano se probó el vestido de novia. Se vio reflejada en el espejo, tan parecida al día de su coronación como Reina del Carnaval, que no pudo seguir engañando a su propio corazón. Supo que jamás podría realizar la venganza planeada porque amaba al asesino, pero tampoco podría callar al fantasma del Senador, así es que despidió a la costurera, tomó las tijeras y se fue a la habitación del tercer patio que durante todo ese tiempo había permanecido desocupada.

Tadeo Céspedes la buscó por todas partes, llamándola desesperado. Los ladridos de los perros lo condujeron al otro extremo de la casa. Con ayuda de los jardineros echó abajo la puerta trancada y entró al cuarto donde una vez viera a un ángel coronado de jazmines. Encontró a Dulce Rosa Orellano tal como la viera en sueños cada noche de su existencia, con el mismo vestido de organza ensangrentado, y adivinó que viviría hasta los noventa años, para pagar su culpa con el recuerdo de la única mujer que su espíritu podía amar.

30/7/09

La carta póstuma del Dr. René Favaloro



(Del Dr.. René Favaloro/ julio 29-2000 - 14,30 horas)

Si se lee mi carta de renuncia a la Cleveland Clinic , está claro que mi regreso a la Argentina (después de haber alcanzado un lugar destacado en la cirugía cardiovascular) se debió a mi eterno compromiso con mi patria. Nunca perdí mis raíces.. Volví para trabajar en docencia, investigación y asistencia médica. La primera etapa en el Sanatorio Guemes, demostró que inmediatamente organizamos la residencia en cardiología y cirugía cardiovascular, además de cursos de post grado a todos los niveles.

Le dimos importancia también a la investigación clínica en donde participaron la mayoría de los miembros de nuestro grupo.

En lo asistencial exigimos de entrada un número de camas para los indigentes. Así, cientos de pacientes fueron operados sin cargo alguno. La mayoría de nuestros pacientes provenían de las obras sociales. El sanatorio tenía contrato con las más importantes de aquel entonces.

La relación con el sanatorio fue muy clara: los honorarios, provinieran de donde provinieran, eran de nosotros; la internación, del sanatorio (sin duda la mayor tajada).

Nosotros con los honorarios pagamos las residencias y las secretarias y nuestras entradas se distribuían entre los médicos proporcionalmente.

Nunca permití que se tocara un solo peso de los que no nos correspondía.

A pesar de que los directores aseguraban que no había retornos, yo conocía que sí los había. De vez en cuando, a pedido de su director, saludaba a los sindicalistas de turno, que agradecían nuestro trabajo.

Este era nuestro único contacto.

A mediados de la década del 70, comenzamos a organizar la Fundación. Primero con la ayuda de la Sedra, creamos el departamento de investigación básica que tanta satisfacción nos ha dado y luego la construcción del Instituto de Cardiología y cirugía cardiovascular.

Cuando entró en funciones, redacté los 10 mandamientos que debían sostenerse a rajatabla, basados en el lineamiento ético que siempre me ha acompañado.

La calidad de nuestro trabajo, basado en la tecnología incorporada más la tarea de los profesionales seleccionados hizo que no nos faltara trabajo, pero debimos luchar continuamente con la corrupción imperante en la medicina (parte de la tremenda corrupción que ha contaminado a nuestro país en todos los niveles sin límites de ninguna naturaleza). Nos hemos negado sistemáticamente a quebrar los lineamientos éticos, como consecuencia, jamás dimos un solo peso de retorno.. Así, obras sociales de envergadura no mandaron ni mandan sus pacientes al Instituto.

¡Lo que tendría que narrar de las innumerables entrevistas con los sindicalistas de turno!

Manga de corruptos que viven a costa de los obreros y coimean fundamentalmente con el dinero de las obras sociales que corresponde a la atención médica.

Lo mismo ocurre con el PAMI. Esto lo pueden certificar los médicos de mi país que para sobrevivir deben aceptar participar del sistema implementado a lo largo y ancho de todo el país.

Valga un solo ejemplo: el PAMI tiene una vieja deuda con nosotros, (creo desde el año 94 o 95) de 1.900.000 pesos; la hubiéramos cobrado en 48 horas si hubiéramos aceptado los retornos que se nos pedían (como es lógico no a mí directamente).

Si hubiéramos aceptado las condiciones imperantes por la corrupción del sistema (que se ha ido incrementando en estos últimos años) deberíamos tener 100 camas más. No daríamos abasto para atender toda la demanda.

El que quiera negar que todo esto es cierto que acepte que rija en la Argentina, el principio fundamental de la libre elección del médico, que terminaría con los acomodados de turno.

Los mismo ocurre con los pacientes privados (incluyendo los de la medicina prepaga) el médico que envía a estos pacientes por el famoso ana-ana , sabe, espera, recibir una jugosa participación del cirujano.

Hace muchísimos años debo escuchar aquello de que Favaloro no opera más! ¿De dónde proviene este infundio?. Muy simple: el pacientes es estudiado. Conclusión, su cardiólogo le dice que debe ser operado. El paciente acepta y expresa sus deseos de que yo lo opere. 'Pero cómo, usted no sabe que Favaloro no opera hace tiempo?'. 'Yo le voy a recomendar un cirujano de real valor, no se preocupe'. El cirujano 'de real valor' además de su capacidad profesional retornará al cardiólogo mandante un 50% de los honorarios!

Varios de esos pacientes han venido a mi consulta no obstante las 'indicaciones' de su cardiólogo. '¿Doctor, usted sigue operando?' y una vez más debo explicar que sí, que lo sigo haciendo con el mismo entusiasmo y responsabilidad de siempre.

Muchos de estos cardiólogos, son de prestigio nacional e internacional.

Concurren a los Congresos del American College o de la American Heart y entonces sí, allí me brindan toda clase de felicitaciones y abrazos cada vez que debo exponer alguna 'lecture' de significación. Así ocurrió cuando la de Paul D. White lecture en Dallas, decenas de cardiólogos argentinos me abrazaron, algunos con lágrimas en los ojos. Pero aquí, vuelven a insertarse en el 'sistema' y el dinero es lo que más les interesa.

La corrupción ha alcanzado niveles que nunca pensé presenciar. Instituciones de prestigio como el Instituto Cardiovascular Buenos Aires, con excelentes profesionales médicos, envían empleados bien entrenados que visitan a los médicos cardiólogos en sus consultorios. Allí les explican en detalles los mecanismos del retorno y los porcentajes que recibirán no solamente por la cirugía, los métodos de diagnóstico no invasivo (Holter eco, camara y etc., etc.) los cateterismos, las angioplastias, etc. etc., están incluidos..

No es la única institución. Médicos de la Fundación me han mostrado las hojas que les dejan con todo muy bien explicado. Llegado el caso, una vez el paciente operado, el mismo personal entrenado, visitará nuevamente al cardiólogo, explicará en detalle 'la operación económica' y entregará el sobre correspondiente!.

La situación actual de la Fundación es desesperante, millones de pesos a cobrar de tarea realizada, incluyendo pacientes de alto riesgo que no podemos rechazar. Es fácil decir 'no hay camas disponibles'.

Nuestro juramento médico lo impide.

Estos pacientes demandan un alto costo raramente reconocido por las obras sociales. A ello se agregan deudas por todos lados, las que corresponden a la construcción y equipamiento del ICYCC, los proveedores, la DGI, los bancos, los médicos con atrasos de varios meses.. Todos nuestros proyectos tambalean y cada vez más todo se complica.

En Estados Unidos, las grandes instituciones médicas, pueden realizar su tarea asistencial, la docencia y la investigación por las donaciones que reciben.

Las cinco facultades médicas más trascendentes reciben más de 100 millones de dólares cada una! Aquí, ni soñando.

Realicé gestiones en el BID que nos ayudó en la etapa inicial y luego publicitó en varias de sus publicaciones a nuestro instituto como uno de sus logros!. Envié cuatro cartas a Enrique Iglesias, solicitando ayuda (¡tiran tanto dinero por la borda en esta Latinoamérica!) todavía estoy esperando alguna respuesta. Maneja miles de millones de dólares, pero para una institución que ha entrenado centenares de médicos desparramados por nuestro país y toda Latinoamérica, no hay respuesta.

¿Cómo se mide el valor social de nuestra tarea docente?

Es indudable que ser honesto, en esta sociedad corrupta tiene su precio. A la corta o a la larga te lo hacen pagar.

La mayoría del tiempo me siento solo. En aquella carta de renuncia a la C. Clinic , le decía al Dr. Effen que sabía de antemano que iba a tener que luchar y le recordaba que Don Quijote era español!

Sin duda la lucha ha sido muy desigual.

El proyecto de la Fundación tambalea y empieza a resquebrajarse.

Hemos tenido varias reuniones, mis colaboradores más cercanos, algunos de ellos compañeros de lucha desde nuestro recordado Colegio Nacional de La Plata, me aconsejan que para salvar a la Fundación debemos incorporarnos al 'sistema'.

Sí al retorno, sí al ana-ana.

'Pondremos gente a organizar todo'. Hay 'especialistas' que saben como hacerlo. 'Debés dar un paso al costado. Aclararemos que vos no sabés nada, que no estás enterado'. 'Debés comprenderlo si querés salvar a la Fundación'

¡Quién va a creer que yo no estoy enterado!

En este momento y a esta edad terminar con los principios éticos que recibí de mis padres, mis maestros y profesores me resulta extremadamente difícil. No puedo cambiar, prefiero desaparecer.

Joaquín V. González, escribió la lección de optimismo que se nos entregaba al recibirnos: "A mí no me ha derrotado nadie". Yo no puedo decir lo mismo. A mí me ha derrotado esta sociedad corrupta que todo lo controla. Estoy cansado de recibir homenajes y elogios al nivel internacional. Hace pocos días fui incluido en el grupo selecto de las leyendas del milenio en cirugía cardiovascular. El año pasado debí participar en varios países desde Suecia a la India escuchando siempre lo mismo.

'¡La leyenda, la leyenda!'

Quizá el pecado capital que he cometido, aquí en mi país, fue expresar siempre en voz alta mis sentimientos, mis críticas, insisto, en esta sociedad del privilegio, donde unos pocos gozan hasta el hartazgo, mientras la mayoría vive en la miseria y la desesperación. Todo esto no se perdona, por el contrario se castiga.

Me consuela el haber atendido a mis pacientes sin distinción de ninguna naturaleza. Mis colaboradores saben de mi inclinación por los pobres, que viene de mis lejanos años en Jacinto Arauz.

Estoy cansado de luchar y luchar, galopando contra el viento como decía Don Ata.

No puedo cambiar.

No ha sido una decisión fácil pero sí meditada.

No se hable de debilidad o valentía.

El cirujano vive con la muerte, es su compañera inseparable, con ella me voy de la mano.

Sólo espero no se haga de este acto una comedia. Al periodismo le pido que tenga un poco de piedad.

Estoy tranquilo. Alguna vez en un acto académico en USA se me presentó como a un hombre bueno que sigue siendo un médico rural. Perdónenme, pero creo, es cierto. Espero que me recuerden así.

En estos días he mandado cartas desesperadas a entidades nacionales, provinciales, empresarios, sin recibir respuesta.

En la Fundación ha comenzado a actuar un comité de crisis con asesoramiento externo. Ayer empezaron a producirse las primeras cesantías. Algunos, pocos, han sido colaboradores fieles y dedicados. El lunes no podría dar la cara.

A mi familia en particular a mis queridos sobrinos, a mis colaboradores, a mis amigos, recuerden que llegué a los 77 años. No aflojen, tienen la obligación de seguir luchando por lo menos hasta alcanzar la misma edad, que no es poco.

Una vez más reitero la obligación de cremarme inmediatamente sin perder tiempo y tirar mis cenizas en los montes cercanos a Jacinto Arauz, allá en La Pampa.

Queda terminantemente prohibido realizar ceremonias religiosas o civiles.

Un abrazo a todos

René Favaloro

23/5/09

El cuervo de Egar Allan Poe


El cuervo

 I
En una noche pavorosa, inquieto
releía un vetusto mamotreto
cuando creí escuchar
un extraño ruido, de repente
como si alguien tocase suavemente
a mi puerta: «Visita impertinente
es, dije y nada más » .

II
¡Ah! me acuerdo muy bien; era en invierno
e impaciente medía el tiempo eterno
cansado de buscar
en los libros la calma bienhechora
al dolor de mi muerta Leonora
que habita con los ángeles ahora
¡para siempre jamás!

III
Sentí el sedeño y crujidor y elástico
rozar de las cortinas, un fantástico
terror, como jamás
sentido había y quise aquel ruido
explicando, mi espíritu oprimido
calmar por fin: «Un viajero perdido
es, dije y nada más ».

IV
Ya sintiendo más calma: «Caballero
exclamé, o dama, suplicaros quiero
os sirváis excusar
mas mi atención no estaba bien despierta
y fue vuestra llamada tan incierta...»
Abrí entonces de par en par la puerta:
tinieblas nada más.

V
Miro al espacio, exploro la tiniebla
y siento entonces que mi mente puebla
turba de ideas cual
ningún otro mortal las tuvo antes
y escucho con oídos anhelantes
«Leonora » unas voces susurrantes
murmurar nada más.

VI
Vuelvo a mi estancia con pavor secreto
y a escuchar torno pálido e inquieto
más fuerte golpear;
«algo, me digo, toca en mi ventana,
comprender quiero la señal arcana
y calmar esta angustia sobrehumana »:
¡el viento y nada más!

VII
Y la ventana abrí: revolcando
vi entonces un cuervo venerando
como ave de otra edad;
sin mayor ceremonia entró en mis salas
con gesto señorial y negras alas
y sobre un busto, en el dintel, de Palas
posóse y nada más.

VIII
Miro al pájaro negro, sonriente
ante su grave y serio continente
y le comienzo a hablar,
no sin un dejo de intención irónica:
«Oh cuervo, oh venerable ave anacrónica,
¿cuál es tu nombre en la región plutónica? »
Dijo el cuervo: «Jamás ».

IX
En este caso al par grotesco y raro
maravilléme al escuchar tan claro
tal nombre pronunciar
y debo confesar que sentí susto
pues ante nadie, creo, tuvo el gusto
de un cuervo ver, posado sobre un busto
con tal nombre: «Jamás ».

X
Cual si hubiese vertido en ese acento
el alma, calló el ave y ni un momento
las plumas movió ya,
«otros de mí han huido y se me alcanza
que él partirá mañana sin tardanza
como me ha abandonado la esperanza »;
dijo el cuervo: «¡Jamás! »

XI
Una respuesta al escuchar tan neta
me dije, no sin inquietud secreta,
«Es esto nada más.
Cuanto aprendió de un amo infortunado,
a quien tenaz ha perseguido el hado
y por solo estribillo ha conservado
¡ese jamás, jamás! » 

XII
Rodé mi asiento hasta quedar enfrente
de la puerta, del busto y del vidente
cuervo y entonces ya
reclinado en la blanda sedería
en ensueños fantásticos me hundía,
pensando siempre que decir querría
aquel jamás, jamás.

XIII
Largo tiempo quedéme así en reposo
aquel extraño pájaro ominoso
mirando sin cesar,
ocupaba el diván de terciopelo
do juntos nos sentamos y en mi duelo
pensaba que Ella, nunca en este suelo
lo ocuparía más.

XIV
Entonces parecióme el aire denso
con el aroma de quemado incienso
de un invisible altar;
y escucho voces repetir fervientes:
«Olvida a Leonor, bebe el nepenthes
bebe el olvido en sus letales fuentes »;
dijo el cuervo:  «¡Jamás! »

XV
«Profeta, dije, augur de otras edades
que arrojaron las negras tempestades
aquí para mi mal,
huésped de esta morada de tristura,
dí, fosco engendro de la noche oscura,
si un bálsamo habrá al fin a mi amargura »:
dijo el cuervo:  «¡Jamás! »

XVI
«Profeta, dije, o diablo, infausto cuervo
por Dios, por mí, por mi dolor acerbo,
por tu poder fatal
dime si alguna vez a Leonora
volveré a ver en la eternal aurora
donde feliz con los querubes mora »;
dijo el cuervo:  «¡Jamás! »

XVII
«Sea tal palabra la postrera
retorna a la plutónica rivera,»
grité:  «¡No vuelvas más,
no dejes ni una huella, ni una pluma
y mi espíritu envuelto en densa bruma
libra por fin el peso que le abruma! »
dijo el cuervo:  «¡Jamás! »

XVIII
Y el cuervo inmóvil, fúnebre y adusto
sigue siempre de Palas sobre el busto
y bajo mi fanal,
proyecta mancha lúgubre en la alfombra
y su mirada de demonio asombra...
¡Ay! ¿Mi alma enlutada de su sombra

se librará? ¡Jamás!

 

19/4/09

1280 almas de Jim Thompson

I

 

Bien, señor, el caso es que yo debería haberme encontrado a gusto, tan a gusto como un hombre puede encontrarse. Porque allí estaba, jefe de policía de Potts County y ganando al año casi dos mil dó­lares, sin mencionar los pellizcos que sacaba de paso. Por si fuera poco, tenía alojamiento gratis en el se­gundo piso del palacio de justicia, un sitio tan bonito como el que un hombre pueda desear; hasta tenía cuarto de baño, de manera que no me veía en la necesidad de bañarme en un barreño ni de ir a un lugar público, como hacían casi todos los del pueblo. En lo que a mí me concernía, creo que podía afir­marse que aquello era el reino de los cielos. Para mí lo era, y parecía que podía seguir siéndolo —mientras fuera comisario de Potts County—, con tal de que me preocupara sólo de mis propios asuntos y sólo detuviera a alguien cuando no tuviese más remedio, y de que el detenido fuera un don nadie.

Sin embargo estaba preocupado. Tenía tantos pro­blemas que la preocupación me ponía enfermo.

Me sentaba a la mesa para comer quizás media docena de chuletas de cerdo, unos cuantos huevos fritos y un plato de bollos calientes con menudillos y salsa, y el caso era que no podía comérmelo todo. No me lo terminaba. Empezaba a dar vueltas a las cosas que me preocupaban, y cuando me daba cuenta me había levantado sin rebañar el plato.

Con el sueño ocurría lo mismo. Podía decirse que no pegaba ojo. Me metía en la cama pensando que aquella noche tenía que dormir, pero qué va. Pasaban veinte o treinta minutos antes de poder dar una cabezada. Y luego, después de ocho o nueve horas apenas, me despertaba. Bien despierto. Y no podía volver a dormir, cascado y hecho cisco como estaba.

Bien, señor, el caso es que me encontraba des­pierto igual que la noche que he puesto como ejem­plo, removiéndome y dándole vueltas a la cabeza, hasta que ya no pude soportarlo más. Así que fui y me dije:

—Nick. Nick Corey, tus problemas van a acabar desquiciándote, así que lo mejor es que pienses algo y pronto. Lo mejor es que tomes una decisión. Nick Corey, porque si no lamentarás no haberlo hecho.

De modo que me puse a pensar y pensar, y luego pensé un poco más.

Y decidí que no sabía qué mierda hacer.

 


17/4/09

El jardín de las fieras de Jeffery Deaver


(Sólo un trocito)

PARTE UNO

EL SICARIO

Lunes, 13 de julio de 1936

En cuanto entró en el apartamento en penumbra supo que era hombre muerto.

Se secó las palmas sudadas y echó un vistazo en derredor; el piso estaba tan silencioso como un depósito de cadáveres, salvo por el amortiguado rumor del tráfico nocturno de Hell’s Kitchen y el tremolar de los sucios visillos cuando el ventilador giratorio dirigía su hálito caliente hacia la ventana.

Sin embargo, algo no marchaba bien.

Le invadió un mal presentimiento.

Supuestamente, Malone debía estar allí, borracho perdido, durmiendo la mona. Pero no estaba. No había botellas de aguardiente barato por ninguna parte; ni rastro de bourbon, lo único que bebía aquella rata, ni siquiera el olor. Y al parecer hacía ya algún tiempo que no iba por allí. En la mesa había un periódico de hacía dos días, junto a un cenicero frío y un vaso que tenía un halo azul de leche seca hasta la mitad.

Encendió la luz.

Bueno, había una puerta lateral, sí, tal como él había visto desde el pasillo el día anterior al estudiar el sitio.

Pero estaba clausurada. ¿Y la ventana que daba a la escalera de incendios? ¡Vaya!, bien cerrada con alambre de gallinero, cosa que no se veía desde el callejón. La otra ventana estaba abierta, sí, pero a doce metros de altura con respecto a los adoquines.

No había salida.

Y dónde estaba Malone, se preguntó Paul Schumann.

El tipo se había largado. O estaba en Jersey bebiendo cerveza. O era una estatua con base de

cemento debajo de algún muelle.

No importaba.

Cualquiera hubiese sido la suerte de aquel borrachín, Paul se dio cuenta de que había sido sólo un cebo. Y la información de que estaría esa noche allí, pura mentira.

En el pasillo, fuera, un roce de pies. Un tintineo metálico. Descabalado...

Paul dejó su pistola en la única mesa de la habitación y sacó el pañuelo para enjugarse la cara. El aire abrasador de esa mortífera ola de calor del Medio Oeste había llegado hasta Nueva York. Pero cuando se lleva un Colt del 45 de 1911 metido bajo el cinturón, a la espalda, no se puede andar sin americana; por eso Paul estaba condenado a usar traje. Llevaba la chaqueta de lino gris, de un solo botón. La camisa blanca de algodón estaba empapada.

Otra pisada fuera, en el pasillo, donde debían de estar preparándose para sorprenderlo. Un susurro, otro tintineo.

Paul pensó en mirar por la ventana, pero temía recibir un disparo en la cara. Quería que lo velaran a ataúd abierto y no sabía de ningún embalsamador capaz de reparar los daños causados por un disparo de bala o de perdigones.

¿Quién quería matarlo?

No podía ser Luciano, el hombre que lo había contratado para despachar a Malone. Tampoco MeyerLansky. Eran peligrosos, sí, pero no traidores. Paul siempre les había hecho trabajos de primera, sin dejar nunca la menor pista que pudiera vincularlos con el despachado. Además, si uno u otro querían deshacerse de Paul, no necesitaban encargarle un trabajo falso: lo harían desaparecer sin más.

¿Quién, pues, le había tendido esa trampa? Si era O’Banion, o Rothstein, el de Williamsburg, o Valenti, el de Bay Ridge; en pocos minutos sería fiambre.

Si era el pulcro Tom Dewey la muerte tardaría algo más: el tiempo que hicera falta para condenarlo y sentarlo en la silla eléctrica de Sing Sing.

Más voces en el pasillo. Más tintineos, metal contra metal. Pero visto desde un ángulo positivo, reflexionó con ironía, de momento se podía decir que todo iba como la seda: aún estaba vivo.Y muerto de sed.

Se acercó a la nevera y la abrió. Tres botellas de leche (dos cortadas), una caja de queso y una lata de melocotones en almíbar. Varias bebidas de cola. Buscó un abridor para destapar una de las botellas de refresco.

Desde algún lugar se oía una radio. Ponían tormy Weather.

Al sentarse nuevamente ante la mesa se vio en el espejo polvoriento de la pared, sobre un lavabo de esmalte desportillado. Sus ojos azul claro no revelaban el temor que cabía esperar, se dijo. Pero su expresiónera desconfiada. Era un hombre corpulento: pasaba del metro ochenta y pesaba más de noventa kilos. Había heredado el pelo de su madre, castaño rojizo; la tez clara, de los antepasados alemanes de su padre. La piel estaba un poco marcada, no por la viruela, sino por golpes con los nudillos recibidos a edad temprana y por los guantes de boxeo en tiempos más recientes.

También por el cemento y la lona.

Bebió un poco de refresco. Era más sabroso que la Coca-Cola. Le gustó.

7/3/09

Prólogo de "La silla" de David Jasso

Se encontraba frente a la puerta cerrada. Era una barrera borrosa que no se atrevía a franquear. Se frotó los ojos llorosos y la visión se aclaró un poco, justo lo suficiente para que las vetas de la madera dibujaran un doloroso mapa de desesperación. La casa estaba vacía y su alma también. El cobarde de su marido se había ido a trabajar, sólo habían pasado dos días desde el funeral de su hijo y todavía disponía de al menos una jornada más de permiso, sin embargo esa misma mañana había huido a refugiarse en el trabajo. Que le necesitaban para un pedido urgente, había mentido. Cobarde. Y ella se había quedado sola en la casa, cercada por los recuerdos, rodeada del rastro de su hijo muerto.
Su mano se posó en el pomo, estaba frío, como el asidero del ataúd en el que le habían incinerado. Sus ojos enrojecidos parecían a punto de desbordarse. Aún no había entrado nadie en el cuarto del chico desde que fuera atropellado por el autobús en ese estúpido accidente. Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarse a la dura prueba de encarar la vida perdida, pero se le antojaba demasiado pronto, todo estaba tan reciente... era tan difícil de asimilar... que no le sorprendería encontrarle en la habitación estudiando para algún examen o escuchando uno de esos Cds de música ensordecedora. Giró la manija y el crujido del muelle interior sonó como un ocre lamento, apenas un gritito inesperado. Cuántas veces había oído ese leve ñiiic cuando su hijo se levantaba al baño en mitad de la noche.
Era un sonido familiar, tan cercano que casi parecía fuera de lugar en un momento como aquél. Como si ese pequeño chirrido no tuviera derecho a sonar en ausencia de su hijo.
Empujó despacio la puerta, como cuando entraba por la noche y no quería despertarle, y por primera vez se enfrentó a la habitación de su hijo muerto. Entró con un paso corto. La persiana estaba subida y el cuarto se encontraba perfectamente iluminado. No había nada siniestro ni oscuro, todo parecía normal, como solía dejarlo cuando se iba al instituto. Y eso era peor que encontrarse con una estancia abandonada y en sombras, así la vida parecía continuar entre esas cuatro paredes decoradas con posters de grupos de rap.
La encimera repleta de libros de clase y cuadernos, unos cuantos Cds grabables amontonados en precario equilibrio, el ordenador, el pequeño reproductor de MP3... el típico desorden por el que ella tantas veces le había llamado la atención. Ahora sus ojos se anegaron en recuerdos dolorosos como golpes.
Ya nunca podría pedirle que ordenara su habitación, que hiciera el favor, de una vez por todas, de poner un poco de orden si no quería quedarse en casa todo el fin de semana...
Se sintió desfallecer, las fuerzas huyeron de sus piernas y se sentó en la cama, sobre la cubierta arrugada. Posó su mano en el tejido y no pudo evitar recordar el último catarro de su hijo, cuando ella, sentada en ese mismo lugar, aguardaba esperanzada a que el termómetro indicara que la temperatura corporal había bajado hasta límites razonables. Casi podía verle tumbado entre las sábanas, con las mejillas enrojecidas por la fiebre y su característica sonrisa que siempre le acompañaba. La habitación pareció hacerse más pequeña, comprimirse hasta dejarla atrapada en una diminuta jaula de sentimientos que oprimía hasta su aliento. La riada arrastró todos los diques y destrozó todas las contenciones. Una especie de sordo estertor surgió de lo más profundo de su ser y un estremecedor gemido escapó de su garganta sin que ella siquiera se percatara. Se dejó caer hacia la almohada y apretó la ropa contra su cara como si eso pudiera amortiguar el dolor o frenar la imparable oleada de lágrimas. En la soledad de la casa, la madre desesperada lloraba, literalmente sin consuelo, por la pérdida de su único hijo.
Arrancó la cubierta y abrió la cama, con la violencia que proporciona el dolor, hasta llegar a las sábanas entre las que su hijo se acostaba, buscó el calor ya disuelto del cuerpo desaparecido, refrotó su rostro contra el algodón hasta humedecerlo con sus lágrimas, palpó el tejido buscando sin encontrar la silueta evanescente de su hijo, se apretó contra el colchón en una patética parodia de abrazo materno, intentando alcanzar el postrero vestigio de su hijo convertido en cenizas y recuerdos.
Le echaba en falta, no podía vivir sin él. Le necesitaba. Tenía que volver a abrazarle. Esa mañana el chico se había ido a clase como cada jornada.
Apenas un rápido beso de despedida, para no entretenerse demasiado y no llegar tarde al instituto, mientras ella recogía los tazones del desayuno. Y eso fue todo. No le dijo que le amaba, que era su niñito del alma a pesar de que ya fuera todo un adolescente de quince años, que no podría vivir sin él.
Así acabó todo, como si ese día marcado por el desastre fuera uno más sin importancia. Hasta que recibió la llamada del servicio de urgencias convocándola en el hospital... Y ya nunca más volvió a verle con vida.
Mordió con fuerza la almohada hasta que le dolieron las mandíbulas, pero el dolor no
supuso ningún alivio.
Y entonces se acordó de algo. Se le ocurrió cómo podría recuperar un poco de él. Dejó de estrujar las sábanas y con un rápido movimiento se sentó de nuevo, estiró el cuello como si hubiera oído a alguien llamándole y aceptó la idea. Su rostro era una máscara de sufrimiento y pesar. Los párpados estaban oscurecidos e hinchados, su boca se curvaba en un rictus innatural.
Casi sin movimientos de transición se arrodilló en el suelo y miró debajo de la cama. Aunque no llegó a verlo, sabía que ahí estaba lo que buscaba. Apartó la ropa que colgaba de la cama e introdujo uno de sus brazos en el hueco entre el parqué y el somier. No alcanzó a coger lo que necesitaba, se dejó caer casi de golpe y, tumbada de medio lado, se apretó contra la cama. Alargó aún más el brazo hasta que tocó su objetivo. Dio una serie de bruscos manotazos y un par de zapatillas de deporte terminaron por asomar entre la cubierta medio caída. Como si en ello le fuera la vida, la madre tomó el calzado.
Era el último rastro de su hijo. Se las llevó a la cara y sintió el inconfundible olor de los pies de él. Cuatro días después de su uso, tres después de su muerte, dos después de su incineración, todavía permanecía en el calzado.
Era un olor fuerte y desagradable, pero ella lo inspiró hasta que penetró en lo más profundo de su ser. Era el aroma de su hijo perdido. Fragante hasta casi marear. Era lo último que le quedaba de él, quería que formara parte de ella, que no se disipara, que el olor la poseyera e inundara, quería respirar hasta el último hálito de su hijo. Era como volver a tenerle cerca, como cuando él se tumbaba en el sofá y ella le decía que no se quitara las zapatillas que le apestaban los pies.
Sus lágrimas mojaron el tejido plástico y llegaron hasta la sudada plantilla.
Apretó aún más las zapatillas contra su cara, sacó su lengua y lamió el interior, saboreó los últimos restos accesibles de su hijo. Inhaló con inusitada potencia entre sollozo y sollozo. El aroma era maravilloso, el sabor exquisito, el recuerdo vívido. Era su hijo. Se esforzó por dejar de sollozar, no quería que escapara de sus pulmones ni el mínimo ápice de su hijo, tenía que formar ya siempre parte de ella. Tragó saliva intentando ingerir el más pequeño resto del interior del calzado.
Lo olió con fiereza, metió la mano en el interior de una zapatilla y sacó la plantilla, la estrujó contra sus labios y sintió a su hijo dentro de ella. Llegando hasta sus alvéolos pulmonares, repartiéndose por su sistema sanguíneo a todo el organismo, rodeándola con su hedor. De nuevo estaba allí, no le había perdido del todo. Podía percibirlo. Era su olor, el sabor de su
sudor y su piel. Durante unas décimas de segundo lo sintió junto a ella, era como si hubiera regresado de la muerte para brindarle un último abrazo, la despedida que no pudo ofrecerle pocos días antes. Volvieron a escapar más gemidos de la garganta de la mujer.
Allí estaba, en el suelo junto a la cama de su hijo muerto, olfateando con fruición un par de viejas zapatillas de deporte, lamiendo unas plantillas desgastadas y repletas de manchas de sudor, con una bolisa de polvo adhe rida a su cabello desordenado, traspasado cualquier límite que señalara la desesperación, adentrándose casi en los territorios de la locura. Buscando a su hijo, respirando su esencia, viviéndole.
Y lloró como nunca lo había hecho. Hasta que le dolió el pecho, hasta que no sintió su propio cuerpo. Lloró por su hijo y por ella, por la soledad y el dolor, por el vacío y la pena. Lloró como sólo puede hacerlo alguien que sabe que acaba de entrar en el infierno, alguien a quien se le ha roto el alma.
Como sólo puede llorar una madre que ha perdido un hijo. Lloró hasta no poder más. Y luego, siguió llorando.
Casi una hora después se encontraba exhausta, vacía, como si alguien le hubiera extirpado los sentimientos con un bisturí oxidado y sin filo. Dejó caer las zapatillas y las plantillas y se puso lentamente en pie, notaba la cara irritada y un sabor seco en su boca. Agotada, se acercó a la encimera sin saber por qué y miró por la ventana, durante unos instantes casi le pareció ver un
arbolito y un jardín, pero en cuanto fijó la vista descubrió las ventanas del otro lado del patio de luces. Bajó la vista hacia los objetos que había frente a ella, los rozó levemente con la yema de sus dedos, sin sentir nada especial, la gran ola de sentimientos que la había azotado, ya había pasado, dejando tan solo una playa embarrada. Los Cds se desparramaron cuando ella los tocó, produjeron un alegre cascabeleo sobre la formica. Cerró los ojos, todavía ardían.
Sus dedos siguieron palpando los objetos sin una razón aparente, sólo constataba que ésas eran las cosas de su hijo, que ahí había existido vida y esperanzas hasta hacía bien poco tiempo. Siguieron el trazado del alambre de espiral del bloc, rozaron el interruptor del flexo, acariciaron el ratón del ordenador... Y, de repente, de forma inesperada, con un extraño crujido de relé accionado y de electricidad estática, el monitor se encendió. La madre dio un respingo, el ordenador no estaba apagado, se encontraba sólo en espera. Al rozar el ratón, ella lo había activado sin querer. El sonido la había asustado y el imprevisto resplandor del monitor parecía fuera de lugar, sin poderlo evitar, asustada, dio un paso hacia atrás, casi parecía un fenómeno de ultratumba, como si su hijo volviera de repente del otro mundo para comunicarse con ella. La imagen se formó en la pantalla de diecisiete pulgadas y la madre miró anhelante. Era un documento de texto.
Lo leyó mientras sus ojos se desorbitaban y su expresión se demudaba.
Lo había escrito su hijo la noche antes de su muerte. No podía creer lo que leía. Sencillamente no podía creerlo. Si antes la pena había tomado posesión de ella, ahora eran la incredulidad y el asombro más absolutos quienes la dominaban. No podía ser verdad. Volvió a releerlo. Una y otra vez.
Agitó el ratón para ver si había algo más en la parte inferior del documento.
No tenía ni idea de cómo funcionaba ese maldito artilugio. Lo movió arriba y abajo con ira para ver si había algo más, pero sólo consiguió que el cursor bailara por la pantalla, desconocía la existencia de la barra deslizante. Clicó con fuerza al azar y sólo logró que algunas palabras se recuadraran en negro.
Al final se dio por vencida, sabía que no había ninguna otra explicación más.
Que ya había leído lo suficiente. Que eso era todo.
Pero... entonces... la muerte de su hijo no había sido un accidente...
Como una loca miró a su alrededor buscando el libro que su hijo nombraba.
Ese libro que le había asesinado. Que había causado su muerte.
En la pantalla del ordenador había una nota de suicidio. Su hijo anunciaba que al día siguiente se arrojaría bajo la rueda de un autobús. La lectura de un relato en el libro «Abismos» de Daniel Lonces le había convencido para hacerlo.
La madre buscó el libro fuera de sí, no le costó encontrarlo, de hecho, poco antes lo había acariciado, estaba junto a la cama, sin duda era lo último que su hijo había leído. En la portada una garra monstruosa surgía de las profundidades de la tierra. En la solapa, un individuo con pinta de estúpido sonreía displicente. El punto de lectura, un abono de transporte gastado, marcaba el inicio de un relato titulado «La rueda del autobús».
La madre se sentó en la cama y comenzó a leer.
Un rato después, cuando acabó el relato, comenzó a gritar.

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